Movilidad contra mercaderes de la protesta.

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—El límite de tu derecho es el mío y el limite de mi derecho es el tuyo —me respondió Santiago Corcuera hace algunas lunas cuando era mi maestro de garantías constitucionales en la Ibero.

Eran los días en que el Mosh y sus secuaces habían secuestrado la UNAM (ya ni recuerdo porqué, la neta) y mi pregunta había sido si los inconformes tenían el derecho de declarar a toda una institución en huelga y cerrar a sus compañeros las aulas.

Confieso que la respuesta no me dejo satisfecho entonces y sigue sin satisfacerme hoy.

Los derechos, creo yo, no compiten o se limitan entre sí sino que se complementan los unos a los otros y sirven de cimientos para la construcción de derechos más avanzados.

Ésta semana se aprobó en el Congreso un cambio constitucional para reconocer y preservar el derecho a la movilidad. Algunos han puesto el grito en el cielo y se han rasgado las vestiduras diciendo que es un esfuerzo autoritario por acabar con la libre manifestación hoy que el horno no está para bollos.

Son, en su mayoría, los mercaderes de la protesta, los que viven de regentear causas y agraviados, los que han hecho una profesión de calentar la plaza y presionar a gobiernos cobardes.

Los que marchamos por indignación y no por negocio sabemos que las manifestaciones no tienen porqué enfrentarse al derecho a la movilidad.

Las manifestaciones más numerosas y trascendentes que yo he visto nunca atentaron contra el derecho a la movilidad. Si, bloquearon y usaron calles, pero el objetivo era mostrar su descontento y no lastimar a nadie. No hubieron acarreados, ni encuerados, ni tortas, ni pase de lista. Hubieron, en cambio, nutridos contingentes de todos los sectores de la sociedad.

La base del edifico de los derechos humanos es el de seguridad jurídica y sus derivaciones: derecho de audiencia, de debido proceso, de legalidad, de imparcialidad del juzgador.

Sin un estado de derecho donde la ley exista, se cumpla y se haga cumplir nos enfrentamos a la ley de la selva donde manda la razón de la fuerza y no la fuerza de la razón, donde los demás derechos son imposibles.

El siguiente escalón es el de las libertades básicas: la de expresión, la de imprenta, la religiosa, la de movilidad, la de asociación y libre manifestación. Son estas, las libertades, las que al regularlas en un país como el nuestro, parecen más retrocesos autoritarios que marcos de convivencia básica.

¿Debe ser irrestricta la libertad de expresión? ¿Es válido que una persona grite fuego dentro de una sala de cine que está llena y cause un pánico masivo en ésta sólo porque es libre para hacerlo?

¿Puede uno imprimir y publicar lo que quiera? ¿Qué hay del cyberbullying? ¿Puede uno afectar la vida de otra persona con verdades o mentiras deshonrosas sólo porque es libre para hacerlo?

¿Puede uno profesar cultos o religiones que atentan contra la vida? ¿Puede uno hacer un rito donde se ofrece un sacrificio humano o se lleva a cabo una violación tumultuaria sólo porque es parte de su religión y, por lo tanto, es libre para hacerlo?

¿Puede uno moverse y transitar por donde sea? ¿Entrar a lugares que son propiedad de otra persona? ¿Hacer caso omiso de las leyes y reglamentos de tránsito? ¿Invadir el carril confinado del metrobus o las líneas de cruces peatonales sólo porque es libre de moverse a donde sea?

¿Puede uno desquiciar a una ciudad entera, ocupar con mantas y carpas vacías por un año el Paseo de la Reforma, cerrar carreteras y aeropuertos, tomar universidades, secuestrar camiones sólo porque es libre de asociarse y manifestarse públicamente?

La verdad es que no lo sé.

Lo que si sé es que todas las libertades gozan de la misma importancia, que el exceso de una libertad en sacrificio de otra deja de ser libertad y se convierte en libertinaje, que si yo hago valer mi libertad de esto por encima de tu libertad de aquello sólo porque soy mas fuerte que tu rompo con el estado de derecho, que si yo rompo con el estado de derecho en ejercicio de mi libertad estoy consintiendo en que otro lo haga también, que si todos lo hacemos regresamos a la ley de la selva donde ya no hay mas libertades.

Sobre el Autor Alberto Mansur

Abogado litigante en derecho mercantil y civil. Llevo pleitos de negocios. Autor de #LoQueMataNoEsLaBala. Dueño del #PrietitoEnElArroz. Lavo y plancho ajeno.

Un comentario

  1. tienes toda la razón y como todos tienen derecho de opinar para algunos, todo esta mal, que si el Teleton es negocio ( que por cierto aunque no me gustan muchas cosas que mandan a los niños con capacidades diferentes a decir o a hacer, en 10 años van 20 CRIT funcionando) que si la infraestructura para que? así se las gastan algunos.

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