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Ésta es la Ciudad de la Esperanza de AMLO, la Ciudad con Equidad de Marcelo, la Capital en Movimiento de Mancera. Es la ciudad en la que ésta señora tiene que buscar qué comer en la basura.

El jueves iba yo caminando por Reforma, desde la Alameda hasta la Diana. Si uno hace caso omiso de las lozas rotas, las jardineras destrozadas, la basura y todos los rastros que dejan los maistros marchantes de la CNTE, promete ser un paseo hermoso.

Hacía algo de viento y frío, lo que a mi gusto mejoraba la experiencia. Comenzó a llover por lo que paré a comprar un paraguas que, verdad sea dicha, no resistió gran cosa los embates del viento. Todo era maravilloso hasta que llegué casi a la glorieta de la Diana. Fue entonces que la vi.

Estaba ella hurgando en la basura. De estatura baja, su espalda ya encorvada la hacía más pequeña aún. Vestía unos harapos, rotos y sucios y un delgado chal. El pelo largo, muy largo y blanco con algunas rayas grises de ayer y otras negras de mugre. Las manos huesudas, las uñas largas, la mirada un cuanto perdida, la boca con pocos dientes y los que quedaban eran amarillos o negros.

Me acerqué a ella. Quise darle mi paraguas. —No. Traigo mi chal —me dijo.

—Llévelo de todas formas.

—No.

—Déjeme comprarle comida. Mire, ahí hay un Oxxo. Vamos a que le compre comida.

—No —y seguía hurgando en la basura.

Me llevé la mano a la bolsa y saqué todo el efectivo que llevaba conmigo. Se lo ofrecí. Me miró. Lo dudó. —Gracias —me dijo y lo tomó. Recogió sus bultos y se fue.

La vi irse, caminando entre las jardineras. Sentí la desesperación apoderarse de mi, el no saber qué hacer ni cómo ayudarla. Un albergue, pensé.

Fui en su búsqueda. La alcancé entre las plantas, parada en cuclillas, con los harapos a las rodillas, defecando. Terminó. Me miró. —Venga señora, déjeme llevarla a algún albergue donde pueda usted dormir y comer.

Se volteó y siguió de largo como si no me hubiera escuchado. Me fui.

A mi paso encontré el basurero donde ella hurgaba. Las puertas que lo contienen estaban abiertas, el note interior rodeado de la basura que ella había descartado. Seguí caminando y vi más basureros en igual estado.

Del jueves a hoy han sido días de desasosiego en los que me pregunto una y mil veces si había más por hacer, por ella, por mi, por todos los que viven como ella.

Dirán algunos, con razón, —¿y qué esperabas en un país con tantos millones de pobres?

Y si. México es un país con tantos y tantos millones de pobres, pero no así. Ésta es pobreza que humilla, pobreza que reduce a quien la padece a un ser carente de dignidad, que está más allá de defecar en la calle, que busca para comer aquello que otros hemos desechado. Que no confía en quien le ofrece ayuda.

AMLO nos vendió la Ciudad de la Esperanza y el programa de ayudas a los viejitos. ¿Dónde está la esperanza de ésta señora? ¿Dónde su pensión?

Marcelo nos habló de una Ciudad con Equidad. ¿Dónde está la equidad para ésta señora? ¿Dónde sus oportunidades?

Mancera nos dice que la nuestra es una Capital en Movimiento. ¿Hacia dónde? ¿Ella también se mueve o la dejaremos atrás, hurgando sustento entre la basura?

El Gobierno Distrito Federal le ha puesto una y mil trabas a la Cruzada Contra el Hambre del Gobierno Federal. Lo ha hecho por el mezquino interés de seguir regenteando a los pobres de la ciudad. La lógica es que mientras estos dependan de los programas sociales locales y mientras las autoridades federales no tengan un censo y registro completo de los pobres, el PRD puede seguir contando con ellos de base electoral, de carne de manifestación, de bases sociales.

—La pobreza es culpa del Gobierno Federal, no del del Distrito Federal —dirán algunos, y mentirán. Al Gobierno Federal le toca atender las condiciones generales de pobreza, cuidar la macroeconomía, emprender los programas sociales nacionales. Al gobierno local le toca aterrizar los esfuerzos federales y crear las condiciones de gobernabilidad que hagan posibles la creación de empleos y el crecimiento económico en cada entidad.

Los gobiernos del Distrito Federal han sido negligentes en esta obligación. Obras faraónicas (segundos pisos, líneas del metro que no sirven) en vez de inversión en agua, oposición sistemática a los programas sociales federales, desatención a las zonas marginadas.

¿Qué culpa tiene ésta señora? ¿Los niños en situación de calle? ¿La gente que vive abajo de un nivel mínimo de subsistencia? No lo sé. Creo que la culpa no está en ellos sino en nosotros, en todos nosotros. En el gobierno que tenemos y que nos permitimos tener.

Sobre el Autor Alberto Mansur

Abogado litigante en derecho mercantil y civil. Llevo pleitos de negocios. Autor de #LoQueMataNoEsLaBala. Dueño del #PrietitoEnElArroz. Lavo y plancho ajeno.

Un comentario

  1. Tienes tanta razón, da dolor y tristeza, da impotencia y sobre todo, me da muchísima vergüenza y al parecer, a nuestro gobierno le importa bastante poco

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