Mi guerra contra la tarea

  

  Lo recuerdo perfectamente, como si hubiese sido hoy en la mañana. Estaba yo sentado en el escritorio de la biblioteca, en la casa donde pasé mi infancia. La tarea era conjugar unos verbos, entre los que estaba perder. Yo pierdo, tu pierdes, él pierde … y así, todos perdemos.

–Qué pérdida de tiempo –me dije. Puse mi lápiz sobre la mesa, cerré el cuaderno y tomé una decisión de vida.

Niño solemne que era yo, fui con toda pompa y circunstancia al estudio donde mi mamá jugaba con mi hermano. –Ma, desde hoy ya no vuelvo a hacer tarea –le dije.

–¿Cómo de que no?

–Pues no.

–Tienes que hacer tarea, Alberto.

Mi mamá nunca me llama por mi nombre completo, así que supe que no iba a estar fácil la cosa.

–Ma, no voy a hacer la tarea. No la voy a hacer hoy. No la voy a hacer mañana. No la voy a hacer nunca.

–¿Por qué no vas a hacer la tarea?

–Paso siete horas diarias en la escuela. Si a la miss no le alcanza ese tiempo para enseñarme lo que tengo que aprender y a mi no me alcanza para aprender lo que tiene que enseñar, no sé yo a qué voy a la escuela.

Y fue así, con declaración formal y toda lo cosa, que empezó mi guerra contra la tarea. No fue fácil. 

Mis maestras en esa sucursal del infierno que tuvo a bien llamarse Colegio Hamilton (cede permanente de todas mis pesadillas al día de hoy) fueron dos rayitas menos comprensivas de lo que yo esperaba. Especialmente esa cruza entre gorgona, banshee y perra rabiosa de nombre Maripaz, mi enemiga declarada desde la primera semana de clases que hacía las veces de maestra de Español y era una digna vicaria de Elba Esther en la tierra.  

La nuestra fue una lucha encarnizada, sin cuartel. En otra entrada contaré algunas de nuestras célebres batallas. Baste con decir en ésta que todos los días de todo el año tuve que ir a la dirección por un reporte para casa, algunos días hasta dos o tres. El primero, el de siempre, era por no llevar la tarea hecha. 

—¿Otra vez no hiciste la tarea, niño? —siempre niño, nunca Alberto. 

—Otra vez, miss. Igual que ayer, igual que mañana. 

—Vas a reprobar. 

—No creo. Saco diez o nueve en todos los exámenes. Usted dijo que la tarea era veinte por ciento así que seguro salgo arriba de siete. 

—Vete por un reporte. 

—Ya vengo. 

Cómo se enojó el día en que llegue al salón desde la mañana ya con el reporte lleno. 

—Así me ahorro la vuelta, miss. 

En casa tampoco la tenía fácil. Eran horas (o así me parecían a mi) sentados mi mamá y yo frente al escritorio. El cuaderno o el libro de la tarea entre nosotros. Yo sentando sin hojearlo siquiera. 

—Al, haz la tarea, hijo. Anda, no te cuesta nada. Así sales a jugar. 

—Ya te dije que no —decía cruzado de brazos o haciendo garabatos con el lápiz. 

La cosa no cambió mucho cuando me fui a la secundaria en el Americano. Llevaba yo siete materias, solo una de mis maestros, la de debate, me dio la oportunidad de convencerla de mi punto de vista. Lo logré. 

Los demás me traían de bajada. No comprendían, algunos ni siquiera me escuchaban. Me convertí en un alumno de sietes. 

En el Americano había un sistema en el que si faltabas tres tareas, pasabas el recreo en un salón conocido en el bajo mundo como el tanque. A los tres recreos, pasabas un día completo ahí y tus papás tenían una entrevista con la directora. 

Vivía en el tanque. Tanto que el día del maestro le llevaba regalo a la prefecta. 

En el camino las calabazas se fueron acomodando en la carreta. Mi mamá tiró la toalla en segundo de secundaria. 

—Ésta es la última vez que vengo porque mi hijo no haya hecho la tarea —le dijo a la directora en una de esas tantas condenas a pasar el día en el tanque. 

—Su hijo va a reprobar Español si no hace la tarea. 

—Que repruebe, entonces. Ya está en edad de asumir sus consecuencias. 

En efecto, reprobé esa materia. En el Americano no había ni segundas ni extraordinarios. No fui de campamento de verano, tuve que ir a Summer School. Me la pasé de pelos. 

 En prepa me di cuenta de que las matemáticas no sólo son de entender, sino también de practicar. Uno tiene que hacer esa tarea si quiere aprender álgebra o geometría analítica. Ni modo. Descubrí que me gustaban los trabajos de investigación. Ir desmenuzando un tema de mi elección, consultando fuentes, profundizando en lo que me interesaba, a mi ritmo, a mis tiempos, sabiendo que había una fecha límite de entrega. Eso lo hacía con gusto. 

Mis maestros eran también más comprensivos. Uno en particular, Alan Gould, tiene mi eterna gratitud. Hace unos años tuve la oportunidad de agradecerle lo que hizo por mi, él ni se acordaba quién era yo, pero yo nunca lo he olvidado. 

Así fue la mata dando hasta la universidad. Ahí también hubo maestros que dejaban tarea, ahí tampoco la hacía. 

Hoy el papá soy yo y sigo convencido de aquello que le dije a mi mamá y a los maestros que quisieron escucharme hace tantas lunas. 

La tarea no sirve de mucho. Es, las más de las veces, una herramienta para suplir las deficiencias o la flojera del maestro en turno. En algunos casos hasta es medio de tortura y satisfacción de sadismo. (Otra vez te hablo a ti, Maripaz). 

La verdad es que es un síntoma más de la enfermedad que es el sistema tradicional de enseñanza. Ese que cree que todos los niños son iguales, que tienen que aprender lo mismo que todos, al mismo tiempo que todos y que lo que aprendieron se refleja en un número del 1 al 10. 

Si todas las escuelas adoptaran el sistema Montessori, otro gallo cantaría. Tendríamos (seríamos) niños más felices, mejor aprendidos, con las herramientas y el gusto por conocer y no con la memoria llena de fechas, nombres, batallas que no sirven de nada. 

Como diría la Nana Lupe, esa es otra historia. 

Cierro ésta con el gusto de decir que, aunque perdí algunas batallas, aunque me costó mucho tiempo, esfuerzo, lágrimas, un campamento de verano y hasta una vez sangre, gané la guerra que declaré en quinto de primaria.

Soy el abogado que quiero ser. Escribo lo que quiero escribir aquí, en Rolling Stone y ya viene Lo Que Mata No Es La Bala. Nada mal para un niño que no hacía la tarea.