Maripaz, vicaria de Elba Esther en la tierra.

 
Tuve la infinita desgracia de haber cursado la primaria en aquella sucursal del séptimo círculo del infierno que llevó por nombre Colegio Hamilton, sede permanente de mis pesadillas al día de hoy. 

El hotel Overlook se la pela.

En mi último año de expiación de algún pecado muy cabron que aún no sé cuál es, rompí lanzas contra esa cruza entre gorgona, banshee y perra rabiosa de nombre Maripaz, mi enemiga acérrima desde la primera semana de clases que hacía las veces de mi maestra de Español, en sexto año, y era una digna vicaria de Elba Esther en la tierra, amén. 

Todo comenzó por los forros de los libros. 

Maripaz era de esas criaturas que necesitan imponer sus obsesiones a los demás. Una de ellas eran los libros y cuadernos forrados. No sé bien a bien por qué o para qué necesitaba que estuvieran cubiertos de plástico en la portada. 

El caso es que el primer día de clases dijo —Para el jueves los quiero forrados. 

Yo, que la verdad es que me valía madre si estaban forrados o no, ni caso le hice. Tenía cosas más interesantes en qué prestar atención en el pupitre de junto. 

Llegó el jueves. 

—Niño, ¿por qué no están forrados tus libros?

—Miss, se me olvidó y ayer que vi a mi mamá para forrarlos, ya era muy tarde. 

—¿Qué? ¿No ves a tu mamá? ¿Te cría la muchacha o qué?

Ni tiempo me dio de contestar. —Vete por un reporte —dijo y, sin más, siguió caminando. 

Yo, morado de la pena, con los hombros caídos y la cabeza gacha bajé por el que sería el primero de casi doscientos reportes, uno diario, a veces dos. 

La postura y la humillación llegaron conmigo a la hora de la comida a mi casa. —Al, ¿qué tienes, hijo? —preguntó mi mamá quien, contrario a lo supuesto por Maripaz, era muy pegada y pendiente de nosotros. 

Entre sollozos, le conté. Y ella, montó en pantera. 

Al día siguiente fuimos a la escuela y decir que se la hizo de jamón es poco. Maripaz acabó ofreciéndome una disculpa pública frente al salón. Jamás me lo perdonó. 

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En una entrada anterior conté sobre mi guerra contra la tarea y como tenía yo un reporte diario por no hacerla, pero eso era leve. 

Otra de sus obcecadas obsesiones era el undostrescuatro. 

Cuando estaba aburrida empezaba a contar y nosotros teníamos que dejar lo que estábamos haciendo y, en el 1, había que sacar las piernas a la izquierda, en el 2, levantarnos, en el 3, sentarnos y, en el 4, meter las piernas bajo el escritorio. 

Undostrescuatro. Undostrescuatro. Undostrescuatro. Undostrescuatro. Así mataba el tedio, la doña. 

Curioso que soy, tuve a bien preguntarle para qué hacíamos eso y me dijo que ella era la maestra y ahí estábamos para obedecer, no para preguntar. 

  

Un día, empezó undostrescuatro, undostrescuatro,  undostrescuatro. Yo, aunque soy judío, hice como que la virgen me hablaba y seguí haciendo lo que estaba haciendo. 

—Niño ¿Qué no escuchas que estoy contando? ¿No te lavaste las orejas, o qué?

Ni la voltee a ver. 

—Niño —azotando una libreta sobre mi pupitre.

—No me llamo niño. Mi mamá me puso Alberto. 

—¿No oyes que estoy contando?

—Si, le sale bien hasta el cuatro. Mi hermano de tercero sabe hasta el cien. 

Fui por mi reporte, pero nunca volví a hacer el undostrescuatro.

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Ella era de los esbirros de Elba Esther que daba instrucciones al principio del día y esperaba no escuchar tu voz hasta que le llevaras el trabajo terminado. 

Un día como esos me acerqué a su escritorio con el cuaderno. —Ya acabé —dije. 

—¿Qué?

—El trabajo de mate, Miss. Ya acabé. 

—¿Qué? —me grita. 

—Que ya acabé —le grito de vuelta, aventando el cuaderno sobre su escritorio. 

Casi escupiendo fuego de la furia se levantó del escritorio, me tomó del brazo, me estrelló contra el pizarrón y, entre dientes, me dijo que no le gritara y que fuera por un reporte. 

Yo caminé hacia la puerta, salí, cerré, volví a abrir, la miré, salí de nuevo, azoté la puerta y escuché caer el cuadro que colgaba junto a ella. Al regresar supe que estaba hecho añicos y que tenía que bajar por otro reporte, éste último con suspensión. 

Mi obra maestra en esa guerra de atrición fue producto de un accidente. 

Era la época en la que los semidioses de la moda decretaron la existencia de los top siders. Si no sabes de qué estoy hablando, eres MUY afortunado. 

 

Pantuflas para la calle.

 

El caso es que en un entrenamiento de Karate me lastimé un tobillo, no podía usar tenis y llegué con unos top siders que chancleaban. Clack, clack, clack a donde fuera. 

—Niño, no chanclees. 

—No, Miss, estoy cojeando. 

Clack, clack, clack. 

—Niño, no chanclees. 

—No, Miss, no estoy chancleando. 

Clack, clack, clack. 

—Niño, que no chanclees —aventando el lápiz. 

Desde ese día llevaba mis top siders en la mochila y me los calzaba especialmente para su clase. 

Clack, clack, clack. 

El año escolar terminó, como todo lo que empieza en la vida. Mi promedio de sexto fue un siete sólido. 

  

El día de la graduación fui hasta la mesa de maestros a despedirme de ella pues no sólo escapaba de sus garras sino de la escuela, mi condena llegaba a su fin. Le dije que era la peor maestra que había yo conocido, distinción que aún conserva. 

El epílogo de la historia es que tres años más tarde, cuando mi hermano cayó en su guarida, lo descubrió al pasar lista. 

—¿Qué eres de Alberto Mansur?

—Su hermano. 

—Tu no vas en éste grupo. 

—¿Cómo que no? Llevo cinco años en éste grupo. Ahí estoy en la lista. 

—Tu no vas en éste grupo —y, sin más, lo separó de sus amigos de toda la vida. 

Tuvo miedo.