Hay besos que matan. Todos, o casi todos, hemos vivido un amor tóxico. Una relación que nos envenena el alma, nos lastima, nos aleja de nuestros seres queridos y, aunque sabemos que nos estrellaremos contra las rocas seguimos navegando en ese barco perduró, guiados por una brújula maldita. A esos amores se les llama el beso del diablo. 


También hay huesos así. Andrés Roemer, todavía embajador de México ante la UNESCO, tiene uno de esos. 

La semana pasada se aprobó en la UNSECO una resolución que no solo llama a Israel “la potencia ocupadora” y a Jerusalén oriental parte de la “Palestina Ocupada” (denominaciones que de suyo son cuestionables y materia de debate que no es harina de éste costal) sino que se refiere al Monte de los Olivos únicamente por sus nombres y denominaciones musulmanas, ignorando los vínculos cristianos y judíos al sitio. 

Ah, también acusa a Israel de impedir el acceso y la libertad religiosa de los musulmanes que quieren rezar en las mezquitas de Al-Aqsa y del Domo. Esto último es una mentira que cualquiera que ande por ahí puede constatar. 

México votó a favor de ésta resolución, uniéndose a a ese selecto grupo de paladines de los derechos humanos que son Algeria, Bangladesh, Chad, China, Egipto, Iran, Líbano, Malaysia, Marruecos, Mauritius, Mozambique, Nicaragua, Nigeria, Oman, Pakistan, Qatar, Russia, Senegal, Sudan y Vietnam. 


Para ponerla en contexto, es como si la resolución negara el vínculo entre el Cerro del Tepeyac, la Basílica y la Virgen de Guadalupe o entre el águila y la serpiente en el nopal sobre el cenote. 

¿Qué sigue para nuestro gobierno ? ¿Negar la relación entre el Chavo del 8 y la torta de jamón, Chabelo y la Katafixia, Pituca y Petaca, el taco y la chaparrita, el domingo y la cascarita, el Tío Gamboin, Pacholin y Salchichita; Remy y Corazón Alegre, Don Gato y Benito Bodoque, Matute y el Superhombre Moldum, la bandera y el Zócalo, Pedro Picapiedra y Pablo Mármol, Chivigon y la Señorita Cometa, Takeshi y Koyi, la Chiquitibun y las Carta Blancas, Koyi Kabuto y Mazzinger Z, el Mundial y las estampitas, Bimbim, Bambam y Arabella, Viruta y Capulina, El Ecoloco y el Profesor Memelovsky, El viento y el pelo de Benito Júarez, Belle y Sebastian, Lucas Tañeda y Chaparrón Bonaparte, Pepe el Toro y la Tuzita, el trompo y la uña, el taco al pastor y la piña, Arjona y el mal gusto, Paul y John, GC y Ginny Hoffmann, Guadalajara y las tortas ahogadas, Michael Jackson y Thriller, Holmes y Watson, Pérez Prado y el mambo, Celia Cruz y la salsa, Alex Lora y el TRI, Sufragio efectivo y no reelección (ah no, eso de sufragio efectivo ya hace rato que no), Juan Escutia y la bandera, Fulano y Sutano, Hugo, Paco y Luis; el pulpo Manotas y el Alferes Pérez, el mago Frank y el conejo Blas? ¿Qué, puta madre? ¿Qué?

No entiendo en qué cabeza cabe que el gobierno mexicano respalde esa postura, ni cómo se avanzan los intereses diplomáticos o internacionales de nuestro país con ella, ni de qué nos sirve solidarizarnos con las luminarias de los regímenes autoritarios y despóticos que la impulsaron y la respaldan, ni qué gana nuestro gobierno causando semejante malestar a la comunidad judía de México y el mundo; pero después de la invitación a Trump, ya nada me sorprende. 


Bueno, no, casi nada. Me sorprendió la postura de Andrés Roemer. 

El Embajador Roemer es judío. El ser judío no lo obliga a estar de acuerdo con las políticas de Israel, ni a ser solidario con sus causas ni mucho menos a cuidar los intereses de ese Estado por encima o a la par de los de México. 

Tampoco lo obliga a tener una identidad judía, un sentido de pertenecía a la tribu, ni a compartir sus valores humanistas; mucho menos a participar activamente en la práctica religiosa del judaísmo. 

A lo que si está obligado el embajador es a seguir SUS propias convicciones y a actuar en consecuencia. 

Después del reclamo social y el escarnio público del que fue objeto, Roemer no salió a decir que que esa es la posición de nuestro gobierno y que él la comparte. Eso hubiera estado bien (por lo que hace a él, no a México) y ahí habría quedado. 

Pero no. Roemer ha dicho que no, que él no está de acuerdo con esa postura, que intentó convencer a sus jefes de que México votara en contra, que no, que ellos estaban necios, que hasta pensó en renunciar pero que mejor decidió quedarse porque hace más bien adentro que afuera, que se ausentó de la sala para dejar que su achichincle fuera el que alzara el brazo y se ensuciara la mano. 

Todo eso y que a Chuchita la bolsearon. 

No tengo el gusto de conocer al señor Embajador. Los que si me dicen que es un tipo integro, de valores, muy inteligente y culto, gran diplomático y de lo mejor que hay para representar a los intereses de su país en el extranjero. 

Seguramente es todo eso, pero en esta la cagó. 

Yo no sé si fue cobardía de su parte, o si el hueso es el hueso, o si no comparte en privado los valores e identidad que ha ostentado como publicos pero su permanencia en el cargo y el dejar el voto a un achichincle me parece un acto o de cobardía o de complicidad. 

Yo entiendo y comparto lo difícil que es representar causas impopulares. Eso es lo que pone pan en mi mesa. 

Soy abogado de pleitos difíciles y controversiales. Mis clientes no siempre tienen la razón ante la opinión de los demás, pero siempre tienen su razón, y su razón siempre me convence lo suficiente como para que los represente. Si no, no los represento. 

En algunas ocasiones personas allegadas a mi me han dicho ¿Cómo puedes defender a Zutano? ¿No sabes que ha hecho esto o lo otro, que es así o asado?

Mi respuesta es siempre la misma: Mira, no te puedo contar de éste caso que llevo y puede que Zutano sea así o asado y que haya hecho esto o lo otro, pero en éste caso creo que tiene razón y que está actuando bien y voy a ayudarlo a que logre lo que busca. No, no estoy haciendo nada que crea que es indebido ni lo estoy ayudando a actuar indebidamente. 

Algo así podía haber dicho Roemer. 

Yo no hago por mis clientes cosas que van en contra de lo que creo ni le encargo a mis pasantes o abogados que las hagan para mantener mis manos limpias. O tomo el caso o no lo tomo. Así de sencillo. 

No creo en el “iba a renunciar pero mejor me quedo sirviendo a mi país”.  Eso suena a “prefiero el hueso a mis valores” o a “esos no son mis valores”.

El embajador bien puede no compartir estos valores. Por supuesto que está en su derecho. Lo que no puede decir es que estos son sus valores, pero prefiere actuar en contra de ellos. A eso se le llama colaboracionismo, de ese que había en los ghettos y los campos de exterminio y en las ciudades ocupadas en las guerras. 

Luego está el Comunicado de la SRE sobre la Posición de México en la decisión de UNESCO sobre Jerusalén donde dice que perdón, que no fue por mala onda, sino porque así siempre habían votado y éste gobierno y su cuerpo diplomático están compuesto por puro ignorante y pendejo. 

Como decimos los abogados, a confesion de parte, relevo de prueba. 

También dice que van a llamar a cuentas a Roemer. Es natural. Los colaboracionistas de ayer son siempre los chivos expiatorios de mañana. 

Lo lamento por Andrés Roemer, éste ha sido para él el hueso del diablo. 

Sobre el Autor Alberto Mansur

Abogado litigante en derecho mercantil y civil. Llevo pleitos de negocios. Autor de #LoQueMataNoEsLaBala. Dueño del #PrietitoEnElArroz. Lavo y plancho ajeno.

3 comentarios

  1. Andrés debería estar avergonzado por trabajar para un gobierno inepto, ignorante e imbecil por lo que debió aplicar sus conocimientos y origen para votar lo debido y no cobarde como actuó en este caso. Yo en su lugar hubiera votado a favor de Israel y si el presidente hubiera protestado lo hubiera mandado al carajo con todo y puesto y además exhibirlo publícamete para quemarlo sin miedo y con orgullo.

  2. El hueso es el hueso.

    Verdaderamente una pena, sobre todo por que es una persona preparada. Le faltaron beitzim y sin duda le tiene miedo al preciso.

    Con agrado siempre te leemos.

    Venice, CA.

  3. Estoy de acuerdo contigo, el hueso ERA el hueso, ya que ahora todos se limpiaron en el, ni mas faltaba.

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