Fui Garfio, y fue maravilloso.

Empezó, como todo lo mejor en mi vida, como idea de Debbie:

—Al, creo que éste año deberíamos participar en la obra de la escuela.

Fuimos a una junta porque estamos en esa edad de la vida en que toda aventura requiere de una junta previa, después a las audiciones.

En un chico rato éramos ya dos de los 76 papás (algunos, yo por ejemplo, también papas) que habríamos de bailar, cantar y actuar.

La obra de padres en nuestra escuela es algo serio. Muy. Serio.

Empieza mucho antes de que los participantes seamos convocados:

  1. Se reúnen Alice, Beto, Estrella y Eduardo, los mártires del comité de padres, con más de un año de anticipación.
  2. Deciden el tema.
  3. Convencen a Shimi de que vuelva a dirigir (lleva 5, todas han sido la última).
  4. Fredel abre esa caja de talento que lleva sobre los hombros y escribe un guion sobre cómo los cuentos e historias clásicos deben o no permanecer vigentes en la era digital.
  5. Raquel toma la música de los Beatles y con ella hace magia para darnos nuevas letras que podamos bailar y cantar en el contexto de la historia.
  6. Ariela cierra los ojos e imagina cómo se verían Baryshnikov, Anna Palova, Michael Jackson y Ginger Rogers ejecutando los pasos de baile que le dicta la música. La materia prima con la que acaba trabajando … digamos que no está a ese nivel.
  7. Reclutan al dúo dinámico teatral que son Ruth y Daniel como domadora de dragones (directora de escena) y hacedor de milagros (productor).
  8. Recurren al aguja e hilo encantados de Francis (y sus voluntarias) para asegurarse de que el vestuario esté tan picudo que no lo tenga ni Obama.
  9. Le dan manga ancha a Mónica (y sus voluntarias) para que con sus colores y formas dé vida al mundo donde habremos de habitar durante la función.

Ya después nos convocan.

Los que decidimos participar tenemos que, casi casi, firmar con sangre en un pergamino que no habrá martes ni jueves durante cinco meses en el que faltaremos a un ensayo.

Digo casi casi porque durante esos cinco meses los únicos días en que no faltó ninguno fueron los 3 que dimos función. Unos faltamos dos o tres veces, otros menos, como cinco.

Se armó un grupo increíble, mucha buena vibra, muchas ganas, risas, bromas.

Todo era felicidad en mi hasta que fui informado de que tenía yo que bailar cinco coreografías.

Ustedes no están para saberlo ni yo para contarlo pero para mi es más fácil contestar dos demandas, apelar una sentencia y formular un amparo, todo en un día, que seguir una coreografía durante tres minutos.

Mi cabeza dice —Pié derecho. Pié derecho. Pié derecho.

Mi cuerpo dice —Jódete —y mueve el pié izquierdo.

Y así todo.

Para colmo el banquito.

En una de esas obras maestras de Ariela tuve que subir, bajar, sentar y bailar sobre un banquito de madera en el que lo menos que peligraba eran mi vida y dignidad, en ese orden. Que no me haya caído y partido el cráneo delante de los niños, causándoles un trauma o una fascinación por lo macabro para toda la vida es una de esas misteriosas bendiciones del Señor, amén.

Afortunadamente en todas esas vicisitudes estuve rodeado por Jaquie, Jenny y Anat que con una generosidad infinita y una paciencia de santas me dictaron (y a veces me empujaron) cada paso durante cada canción de cada día, desde el primer ensayo hasta la última función. Con todo, seguí haciendo la vuelta al lado equivocado hasta el final.

El llamado a los ensayos era a las 20:45. Si, ajá.

Empezábamos por ahí de las 21:30 y terminábamos como a las 00:30.

Nos montaban las coreografías mientras, de a poco, cuando y como se podía, Ruth nos daba a los que íbamos a actuar nuestras líneas y practicábamos nuestras escenas.

Yo fui el Capitán Garfio y fue maravilloso.

Vestí un abrigo rojo de ciertopelo (de terciopelo no había), botas, garfio de plástico y una larga peluca negra, rizada, lustrosa que se contagió de mi calvicie y cada puesta iba perdiendo pelo. Sombrero no, porque James Hook no lo usaba en el libro, solo en la película.

Conforme avanzaban los ensayos la obra iba cobrando vida, costando sueño, pagando risas.

Conocí a personas con las que había convivido antes y nunca antes conocido. Hice amigos entrañables para toda la vida.

Descubrí, siempre, manos solidarias que a todos tendieron la mano para explicarles un paso complejo, para repasar sus líneas de diálogo, para prestar prendas para un vestuario y, claro, para enfriar y repartir tequila el día de la función.

Cuando firmamos el pacto de sangre Debbie y yo no sabíamos que éste sería nuestro último año en la escuela. En el camino tomamos decisiones de vida que nos llevarán lejos de aquí.

La obra ha sido el broche de oro con el que cerramos una de las mejores etapas de nuestra vida.

Cada vez que empezaba el video antes de la función sentía el ojo Remy. Para cuando salía la frase “Si vieras a mi escuela como yo la veo … sabrías porque sonrío todos los días”, estaba yo con las lágrimas rodando y el sollozo en la garganta. Hoy, al escribir estas líneas, me pasa de nuevo.

Gracias. Gracias a todos y cada uno de ustedes, por tanto, por todo.

¡Ahoy!

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