El amigo que se va

Éste domingo uno de mis amigos más queridos se muda al otro lado del mundo. A diferencia de aquellas emprendidas al término de la prepa, ésta mudanza parece ser definitiva.

No voy a ahondar aquí sobre las razones de su decisión. Las conozco, las comparto. Aún así, duele. Duele cabrón.

Me diría él, con razón y derecho —¿tu qué? Si tu fuiste el primero en irte.

Y si. Lo fui. Lo soy. Pero nuestras distancias ahora se ahondan, se ensanchan. Duele.

Los amigos de la adolescencia tienen la jodida costumbre de albergarse profundo en nuestros corazones porque es entonces cuando construimos al adulto que seremos el resto de la vida. Ellos saben dónde están nuestros esqueletos. En la mayoría de los casos, ellos ayudaron a ponerlos ahí.

Así me pasa con éste amigo.

Él y yo no tenemos nada en común, nada excepto todo lo que importa.

Y ahora se va.

Se va a donde las visitas mutuas serán contadas con los dedos a lo largo de la vida, a donde el cambio de horario hará la comunicación asíncrona, a donde no podremos llamarnos a cualquier momento del día para decirnos —Wey, chinga tu madre —y llevar en ese chinga tu madre todo lo que nos queda por contarnos, todo lo bueno y lo malo que estemos atravesando en ese momento.

Vendrán las mieles de la vida, las suyas, las mías. Las compartiremos a distancia, de corazón más que de facto.

Pero, anda y ve, amigo querido. Te deseo que en ésta aventura corras con suerte, que en tus caminos siempre haya sombra dulce donde descansar y cobijo de lo que haya afuera. Te deseo una vida de leche y miel y, como dice esa canción de Caifanes que tanto nos gusta “Nos vamos juntos / haciendo viejos / algunos sueños / toda la piel.”

Jazak ve’matz.

Sobre el Autor Alberto Mansur

Abogado litigante en derecho mercantil y civil. Llevo pleitos de negocios. Autor de #LoQueMataNoEsLaBala. Dueño del #PrietitoEnElArroz. Lavo y plancho ajeno.
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