De niño tuve una espada. Era roja, con un mango negro. Los idiotas decían que era de plástico, sin darse cuenta que estaba forjada de sueños.

Con ella jugaba a ser pirata o samurai, a ser el Zorro o Darth Vader (nunca Luke).

Geek precoz que fui, leí el Señor de los Anillos antes de que Peter Jackson lo hiciera famoso y jugué cientos de veces a ser Aragorn el hijo de Arathorn, y a ser todos los guerreros que lo acompañaron en su lucha contra Sauron y sus huestes del mal cuyos nombres desconocía pero ¿y qué?

Siempre dispuesto a combatir a los orcos, Saruman o al mismísimo Ojo de las Tinieblas iba conmigo mi hermano y fiel compañero (su espada era azul) quien tras mi grito de —¡A la carga, mis valientes! —corría junto a mi en busca de nuestra aventura del día y era después, en el camino, ya al vuelo, que preguntaba —¿Adónde, Al?

Pasaron los años. Mi espada quedó hecha añicos bajo el peso del olvido, los autos veloces y las curvas peligrosas.

Fue durante mi paso por la universidad y, creo, mis primeros años como litigante, que redescubrí a Gandalf.

Me encontré con Gandalf el Gris; consejero, alquimista, diplomático y, claro, hechicero guerrero poderoso que en la campaña final de la guerra contra Sauron, el malvado Señor de los Anillos y modelo a seguir de algunos especímenes de la fauna nacional, venció al Ojo de la Oscuridad.

Para entonces, sin saberlo, ya me había yo convertido en un heredero de su tradición.

–Licenciado, tengo una deuda que no me pagan.

–Licenciado, mis socios y yo ya no nos llevamos bien. Además, creo que uno de ellos me roba.

–Licenciado, en éste pleito se juega la suerte, la vida misma, de mi compañía y de todos los que dependemos de ella, desde la señora que hace el aseo hasta el director general y los accionistas.

–Licenciado, tiempo. Lo que necesito es tiempo para resolver éste problema.

–Licenciado, hay que ofrecer y armar éste trato, éste negocio, a la contraparte para así lograr éste objetivo.

–Licenciado, mi pareja y yo … y, mire, sabe, los niños … y el dinero.

Y así, los clientes, Aragorn y Frodo modernos.

Todos necesitando que uno consulte los libros de hechizos, encuentre las palabras mágicas adecuadas para convertir el papel inservible en oro, llevar la guerra al terreno de los socios incomodos, salvar a la compañía del adversario, detener la arena en el reloj, destejer sin romper los hilos que iban a unir por siempre a dos personas que ya no se quieren pero que serán socios toda la vida de sus hijos.

Han sido veinte años ya de jugar a ser Gandalf.

Mi cédula profesional, ese título de hechicero que unos confundimos con licencia de hado padrino y –tristemente– otros colegas confunden con patente de corso, llegó a mis manos a unos meses de iniciado el milenio que corre.

Cuando miro la foto que la adorna no puedo creer que el niño de cabello corto pero abundante y la barba afeitada al ras sea la misma persona que el barbón, canoso y prematuramente calvo que me saluda todos los días desde el espejo.

Pero si, somos el mismo.

Al menos, nuestros sueños siguen siendo los mismos.

Los 20’s son los años de aprendizaje, de formación.

Encontrar al mentor adecuado que te guíe, que te muestre el camino hacia los pergaminos que contienen los hechizos y, más importante aún, que te enseñe a leerlos, entenderlos, usarlos. Si tienes la fortuna de un mentor como mi padre, además de todo esto, lo más valioso que te enseña es a descubrir los hechizos propios.

Los 30’s son los juegos del hambre. Compites con tus amigos, tus adversarios, las vacas sagradas y los desconocidos por hacerte de clientes, asuntos, prestigio.

¿Instalar un catre tres días en la oficina porque no vas a salir ni a dormir, ni a comer siquiera, pues esas demandas tienen que hacerse, integrarse, presentarse antes del día x?

¿Llegar a casa pasadas las 23:00 o las 02:00 porque hay un término que vence o pasar una noche entera negociando un contrato que de todas formas no se cerró porque “el Señor Gobernador” dijo que mejor no?

¿Teléfonos intervenidos porque tu cliente y su asunto son incomodos para el poderoso?

¿Ir y volver de una ciudad a otra, de un país a otro, para una junta, para platicar con un juez, para negociar un acuerdo, para rescatar una propiedad?

¿No salir de vacaciones porque el juzgado no cierra?

¿Perderte el parto de tu primera hija porque había una audiencia en otro lado y, pues, ni modo?

Todos son precios que uno paga (más bien, que yo pagué), buscando siempre servir a mi cliente, ser Gandalf para ella o él y resolver su problema.

Los 40’s debieran ser la década de oro de todo abogado. Es cuando, si uno tiene habilidad, prestigio y muuuuuucha suerte, se hace rico.

Al menos eso era. Pero el mundo ha cambiado.

Nuestros clientes y nosotros los abogados enfrentamos hoy y enfrentaremos mañana retos que no hemos visto en México (o en el mundo) en más de un siglo.

Está la pandemia. Está la crisis económica, el hambre y el desempleo que vienen detrás de ella.

Y están la Ley y la Justicia.

Si, lo sé, estas dos son un par de señoras jodonas, enfermizas, llenas de contradicciones y contrariedades; muelen mucho y cuestan mucho más. Pero ellas son hoy las que más nos necesitan.

Viene una embestida desde el poder contra ellas. Viene, también, la necesidad de todos de cuidar lo propio y a los propios a toda costa.

Vienen los tiempos oscuros que alimentan al Sauron de Palacio y a sus huestes enfermas de poder, de ambición, de resentimiento, de odio.

Nosotros los abogados estamos hoy llamados a hacer el bien, a prestar nuestros talentos para cuidar que el gobierno y los gobernados respetemos la ley y se haga justicia en los tribunales, a defender los derechos de nuestros clientes topen dónde topen.

Algunos se dejarán corromper por las mieles o migajas que les avienten. Buscarán acomodarse, salvar el pellejo, agachar la cabeza alegando que no es su problema o, de plano, unirse a las huestes de la oscuridad bajo el pretexto de que ahí es dónde está el poder y el dinero.

Es comprensible. Débiles y cobardes los hay en todos lados, incluso entre los abogados y los hechiceros.

Para los demás, hoy suena el llamado del cuerno de guerra.

Gandalf, y todos sus hijos espirituales, estamos siendo llamados a dar la batalla.

Hay que armarnos de nuestros códigos y tesis, afilar nuestros argumentos, abrir nuestra mente a nuevas ideas y paradigmas. Construir derecho y sociedad.

Porque el costo de no hacerlo es enorme.

Cuando se vive sin Ley y sin Justicia, se rompe el tejido de la sana convivencia entre las personas y, entonces, es la ley de la selva o la ley del Talión lo único que manda. Cuando eso pasa, perdemos todos.

Así que a pelear, a tejer hechizos de tinta y saliva, a reparar al mundo y dejarlo un lugar mejor que el que tenemos. Nos va la vida misma en ello.

Es tiempo.

Sobre el Autor Alberto Mansur

Abogado litigante en derecho mercantil y civil. Llevo pleitos de negocios. Autor de #LoQueMataNoEsLaBala. Dueño del #PrietitoEnElArroz. Lavo y plancho ajeno.
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