Son las dos de la mañana. Afuera de la puerta de mi casa, apenas vestido en calzones y una playera, estoy entre despierto y dormido, sudando todavía el mezcal de hace unas horas.

—¿Es neta? —pregunto mirando a Servilio Chaires, el Presidente Municipal.

—Claro que si —me contesta.

Debe serlo.

Servilio viene, a ésta mugrosa hora, enfundado en su traje de ir a ver al Señor Gobernador. Ese azul que es igualito al de ir a misa, pero más nuevo.

De todas formas me doy un par de cachetaditas para despabilarme. Me tallo las lagañas de los ojos. Me rasco una nalga. Doy un bostezo.

—¿Yo?

Domitila Garfias, en los mismos jeans, blusa blanca y chaleco guinda de Siervo de la Nación que no se ha quitado desde que llegó al pueblo hace año y medio me pregunta —¿Es usted Agapito Herculano Peláez Engajos?

—Pito Peláez, para servirle.

—¿Hay otro Agapito Peláez en el pueblo?

—Aquí en Tejeringo el chico, no. Mi primo, Pito Peláez y Lames, vivía en el otro, en Tejeringo el grande que está más al norte, pero ese Pito anda de mojado.

—Entonces no hay duda. Usted ganó la rifa del avión—me dice Domitila.

—Servilio, doña Domi, son las dos. ¿No podían esperarse? ¿A las once o, aunque fuera, a que saliera el sol?

—Tan pronto nos lo informaron de Palacio —dice Domitila, y el pecho se le infla al decir Palacio— vinimos a avisarle para que se prepare. El Señor Presidente —otra vez el pecho inflado— lo anunciará en la mañanera.

—Bueno. Ya me avisaron. Si me disculpan —comienzo a cerrar la puerta.

Servilio pone el pie, recarga su peso contra ella.

—Pito, esto del avión te hace lo más grande que ha pasado por Tejeringo —me dice. No cabe de la emoción, el muy tarugo–. Si lo exprimimos bien, puede ser muy bueno p’al pueblo.

–¿A qué hora dice usted que es la mañanera, doña Domi?

–A las seis. —Tuerce los ojos como diciendo qué clase de hereje no sabe a qué hora el Señor Presidente da la Misa de Aurora—. Vamos a pasar por usted a las cinco para el enlace. Estese listo.

–Ya oíste, Servilio. A las cinco. Apenas tengo un ratito p’a dormir. Al rato vemos.

Como puedo me deshago de ellos.

Ya estoy despierto. Siento que voy más p’a allá que p’a acá, así que saco la botella de mezcal que tengo para estas emergencias.

Me sirvo uno. El avión. Ay, wey. Me sirvo otro. Ah, así está mejor.

Cuando fui por mis apoyos ahí estaban Domitila y el delegado de Bienestar, pasando lista.

Domitila dijo –Hoy la aportación es de todo el apoyo.

–¿Todo? ¿Y ora, doña Domi?

Siempre tengo que mocharme con una aportación patriótica p’a que me liberen el resto. P’a pagar los bonos a los buitres del aeropuerto, pipas p’al huachicol, indemnizaciones del Tren Maya, medicinas p’a niños con cáncer.

–Es para la rifa del avión –dijo el delegado.

–¿El avión? ¿Cuál avión?

–El avión presidencial –dijo Domitila–. Los conservadores están boicoteando la venta y los cachitos no salen. Pero el Señor Presidente no está solo. Se los vamos a demostrar. Todos vamos a comprar series completas.

—Oiga, doña. No sea malita. Yo necesito el apoyo completo. Todavía debo lo de la semilla y no me van a surtir. Yo ni quiero quedarme con el avión ese.

Domitila se puso del color de su chaleco. Los ojos le saltaban. Le salía espuma por la boca.

—¿A quién le importa eso cuando está en juego la palabra empeñada del Señor Presidente? No podemos dejar que quede mal, a menos que sea usted de Ellos. ¿Es usted uno de Ellos?

—Deme la serie, doña.

Ese mes no junté p’a la semilla. Sembré a destiempo y mucha planta no se dio. La que se dio fue de calidad menor. No junté p’a mi pago al Banco del Bienestar. Hace una semana ejecutaron el crédito, y subastaron mi parcela. El postor que se la quedó es ahijado de Domitila.

Llaman a la puerta de nuevo. Golpes discretos, callados, insistentes.

Milagros Bonifaz entra sin preguntar. Alta, delgada, tez morena, ojos color agua puerca, cabello color cuervo.

Su mirada recorre las paredes de tabicón, el techo de lámina, la televisión, el quemador eléctrico en el que caliento la comida, la hielera, el catre, la mesa, las dos sillas, la botella de mezcal.

—No podemos vivir así.

Éstas cuatro son las únicas palabras que hemos cruzado en igual número de años.

—Sírveme uno —dice, apuntando con la barbilla al mezcal en la mesa.

Le sirvo. Me sirvo. Tomamos en silencio.

—Cuando nos casemos vamos a tener que vivir en otro lado y vas a tener que comprar flores cada semana.

—¿Y Ricardo? –Ella es novia de Ricardo Platafina, el hijo del tiendero del pueblo. Llevan meses planeando su boda.

Se encoge de hombros. Sorbe mezcal.

Me encojo de hombros.

—¿Y Ramón?

—¿Cuál Ramón?

—Mi Ramón, con el que llevo dos años de novio.

Deja su mezcal sin terminar. Se va sin despedir. Ahora, además de qué hacer con el mentado avión, tengo que pensar cómo explicarle a Catalina que ahora se llama Ramón.

Nuevos golpes a la puerta. Fuertes. De esos que amenazan.

Y si.

Abro y encuentro al sargento Corrales en su habitual uniforme de campaña de la Guardia Nacional. Lleva, como siempre, la camisola abierta, una camiseta negra debajo, la barriga desbordada sobre el cinturón, la cacha de la pistola de fuera. La cacha es de concha nácar y lleva sus iniciales.

Con él viene su patrón.

—¿Éste es?

—Si, jefe —contesta Córrales.

—¿Sabes quién soy?

Botas de piel de tiburón, hebilla de oro pesado, anillos, un tatuaje de una víbora en el pecho, el palillo en los dientes. Estoy frente a Félix Quinto.

La voz se me pega a la garganta. Asiento con la cabeza.

Su aliento en mi cara —No me importa qué es lo que ibas a hacer con ese avión. Ese avión y tu van a ser nuestras mulas. Donde vayas con él, de donde vengas, vas a llevar nuestra pizca. ¿Está claro?

Cuando se van encuentro un charco junto a mis pies descalzos. Líquido tibio me baja por la pierna.

Puntuales a las cinco están Domitila y Servilio.

El pueblo es otro. Papel picado sobre las cuatro calles pavimentadas. Los seis faroles tienen focos nuevos. Trabajadores pintan el techo blanco y las paredes vino de las tiendas.

Llegamos a la Casa del Bienestar. Antes se llamaba Palacio Municipal. No tiene nada de palacio ni de bienestar.

La televisión encendida. A cuadro aparece López Obrador.

—Estamos … contentos … Satisfechos. La rifa fue … Un éxito. Seis millones de … Cachitos. Me informan que hay … ganador —dice el Presidente.

Los reporteros atentos. Ese del moñito se lame los labios a la espera.

—Tengo aquí su nombre. Es … Agapito. Herculano. Peláez. Engajos. Originario de Tejeringo el chico. Ahora nos están comunicando con él.

Domitila me pone el teléfono al oído.

—Bueno. ¿El señor Peláez?

—Pito Peláez Engajos, a sus órdenes.

— Muchas felicidades.

—Gracias, señor.

—Cuénteme, Agapito—

—Pito, señor. Todos me dicen Pito.

—Pito. Cuénteme, Pito. ¿Qué va a hacer con él?

—Se lo regalo, señor.

Andrés Manuel calla. Voltea de un lado al otro.

—Este … eh. ¿Me lo regala?

—Si, señor. Lo que yo quiero es que usted viaje en él. Viaje como se merece el presidente de mi país y no pasando penas en los aeropuertos donde la gente le grita de cosas.

Servilio enjuga sus lagrimas con la punta de su corbata. Domitila está verde.

—Además, mire, aquí ni aeropuerto tenemos. A lo más que llegamos es una pista de la Guardia que usan los narcos. Ahí ni cabe tremendo avionzote.

—Esa pista … Eso ya no pasa. Pasaba … Pasaba con Calderón.

—Si la usan, pero el caso es que a mi el avión no me sirve. A usted si, ándele señor, úselo. Yo se lo regalo a –

La bolsa de lona me cubre la cabeza.

Siento dos brazos fuertes tomando los míos. Esposas que atan mis muñecas detrás de mi espalda.

La voz de Domitila susurra en mi oído –Conservador. Fifi. Neoliberal. Neoporfirista.

Me llevan a empujones. Tropiezo en las escaleras. Caigo. Ruedo. Escucho el crack de una costilla.

Dos manos fuertes me toman del cuello de la camisa y el pantalón. Me avientan al interior de un vehículo que huele a sangre vieja de borrego.

Me llevan. No sé a dónde, pero me llevan.

Sobre el Autor Alberto Mansur

Abogado litigante en derecho mercantil y civil. Llevo pleitos de negocios. Autor de #LoQueMataNoEsLaBala. Dueño del #PrietitoEnElArroz. Lavo y plancho ajeno.

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