Madejas de sal

Foto: Allan Fis. Maquillaje: Alex López. Peinado: Eric Faury. Styling: Carlos Victimo

Atada. Así está. Al menos, así se siente.

Un marido. Dos hijos, una niña y un niño. La finca familiar, vuelta a su gloria de generaciones pasadas.

Las mañanas de yoga, pilates, spinning o la moda fitness del mes. El desayuno con las amigas, más esposas de los amigos de Manuel, que amigas suyas.

Después el café con su suegra y Ágatha, su cuñada.

Delgados lazos que la amarran.

En tardes grises como ésta, de llovizna suave y constante, Cirila goza de sacar la cara por la ventana, sentir las gotas que salpican su cara. Abre la boca y puede, apenas, sentir el sabor a sal sobre sus labios.

Ésta es lluvia de mar, como la de hace todas esas vidas.

Sus hijos, de 10 y 8, conocen el mar, pero no con ella. Con su marido ha ido una sola vez. Esa, la que le bastó para nunca más volver.

–Tanta inmensidad no me gusta, me da un no sé qué, que qué se yo. Ansiedad, nausea. Ve tu Manuel, lleva a los niños y ya me cuentas.

Pero si sabe.

No va, porque si sabe.

Sabe que si ve el mar una vez más es capaz de no volver.

De montarse a una lancha de pescador y zarpar a donde las olas la lleven, dejando a Manuel, a María y Carlitos detrás, sin siquiera voltear a despedirse o de cortarse el cabello a ras y vestirse de hombre como lo hizo aquella vez que se apuntó de marinero en un barco mercante, de esos que cruzan el océano y traen el mundo a la isla.

El barco mercante la dejó varada en su segundo puerto, cuando uno de sus compañeros cayó sobre de ella a oscuras en la hamaca, rompió de un tajo su camisa y encontró sus senos, pequeños, pero senos. Eso y el fierro del cuchillo que clavó Cirila en su garganta.

Siete años fue del mar y el mar de ella, con su sabor en la boca, a veces llovizna como la de hoy sobre su piel, otras la furia de la tormenta.

Fue la noticia de la quema de la finca lo que la trajo a puerto.

Para cuando llegó solo había el casco de la casa y un llano, ambos cubiertos de hollín y cenizas. Un día, sin más, ardieron los alambiques y con ellos todo y todos, excepto papá, quemado y ciego.

Fue hora de quemar los pantalones, y la gorra de marino. Vestir la falda, la blusa, el corsé; de dejar crecer su cabello rubio como el trigo. Hacer las veces de la niña vuelta del extranjero.

Con el tiempo llegó Manuel, llegaron los niños, llegaron los hilos.

Y llegaron las tardes de lluvia salada como la de hoy, en las que saca la cabeza por la ventana, deja que el mar, ese viejo amor de siempre y nunca, la pruebe, la acaricie, le susurre al oído que la extraña.

📷 Allan Fis

🖋 Alberto Mansur

Volveremos a salir, a reunirnos, todos juntos

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Si algo nos enseña Pesaj es esto: que de la mano unos con otros y con la bendición de Dios podemos sobreponernos a todo, incluso a la esclavitud y al peregrinar por el desierto.

Cuando la plaga de los primogénitos, Dios nos ordenó quedarnos en casa para que la muerte nos pasara de largo.

La plaga de los primogénitos pasó, salimos a la calle, salimos de Egipto, salimos de la esclavitud. Se abrió el mar y lo cruzamos. Después de andar en el desierto, llegamos a la tierra de leche y miel.

Lo mismo pasará ahora: Hoy, con ésta plaga, también debemos quedarnos en casa para que la muerte nos pase de largo.

Pero la plaga pasará y se irá.

Saldremos a las calles más libres de lo que éramos ayer, habremos aprendido que muchas de las ataduras que nos habíamos forjado no eran necesarias y nos las habremos sacudido, nos habremos dado cuenta de que lo realmente importante siempre ha estado en casa y dentro de nosotros.

Vendrá el cruzar por el desierto: el hambre que viene, la crisis que ya está, los negocios, empleos y oportunidades perdidas.

Pero el desierto se acabará. Lo cruzaremos juntos, cobijados por Dios y de la mano de nuestros seres queridos.

Llegaremos a la tierra de leche y miel.

A ti, amiga, amigo querido, te deseo lo mejor para ti y los tuyos, en este día y en todos los días.

Un poco de luz para destruir mucha oscuridad

Parafraseando a Eleanor Rosevelt, hoy no voy a maldecir la oscuridad, voy a encender una vela. Así que en éste texto no voy a hablar de AMLO, ni de su gobierno, ni de su falta de solidaridad con los empresarios que damos trabajo a millones de mexicanos, ni mi opinión sobre ellos. Si eres lector regular mío, ya sabes lo que pienso.

Vamos a estar bien.

Esta crisis que viene se irá y vamos a estar bien.

Vamos todos en el mismo barco. Salimos juntos o nos hundimos juntos y por eso sé que vamos a estar bien, porque juntos saldremos a flote.

Somos seres sociales. Esa es nuestra fortaleza. Esa es nuestra debilidad. Es lo que nos transformó de un primate como los demás en la especie dominante del planeta. Es lo que los organismos como el coronavirus explotan en nuestra contra.

Nada hace mas aparente nuestra necesidad social como estas épocas de cuarentena.


Estudiamos y aprendemos en grupo. Festejamos nuestras alegrías en grupo. Lloramos y cuidamos de nuestros muertos en grupo. Nuestros deportes y entretenimiento, nuestros centros de trabajo, de estudio, de ocio, de esparcimiento, de gozo, de pena, de práctica religiosa; todos son comunales, sociales, juntos. El ritual mismo de casi todas las religiones se llama Comunión.

Carajo, nuestra supervivencia misma como especie requiere de que nos reunamos, nos gustemos, nos besemos, intercambiemos baba y otros fluidos.

Ahí estamos todos en los grupos de WhatsApp que tanto odiamos pero que ahora nos sirven de lugares de reunión. El chat de mi generación de la prepa lleva meses dormido y ahora todos posteamos, cotorreamos, hasta nuestra reunión de 25 años hicimos por Zoom. Por cierto, muy mal a los cortados que no fueron. Tst tst tst.

Algunas escuelas están dando clases virtuales. Los museos han abierto sus colecciones digitales de forma gratuita. Broadway ha puesto a disposición sus obras grabadas sin costo. Los adolescentes (al menos los que conozco) toman café y organizan convivio vía Zoom. Cientos, tal vez miles de juntas que se harían tenido presencialmente ahora se están desahogando vía correo y otras herramientas digitales.

En corto, seguimos haciendo comunidad, aún a distancia, aún en la soledad de nuestro aislamiento.

Ésta pandemia va a cambiar la forma en la que nos relacionamos los unos con los otros, como en los ochentas y noventas el VIH (SIDA le llamábamos entonces) cambió nuestras costumbres sexuales.

Lo primero que va a cambiar es nuestra percepción del otro y de lo que le pasa al otro.

Tenemos la idea de que mientras nosotros y nuestros seres queridos, nuestro circulo inmediato, estemos bien, todo está bien. Lo que pasa en otras ciudades, por no hablar de otros países o los continentes del otro lado del mundo no nos afecta.

O sea, si esta pinche que la gente se muera de sed en Africa y así, pero mientras yo abra la llave del grifo y salga liquido mas o menos limpio para lavarme las manos y encuentre agua embotelladas en el súper por aquello de los bichos de la cisterna, todo bien. Tomen, chicos, ahí les va algo de dinero y un click en Change.org.

Ya no.

Lo que está pasando nos demuestra que todos, TODOS, estamos en el mismo barco.

Los teléfonos, aviones y televisores han servido para hacer el mundo más pequeño, y la ola de cambios tecnológicos solo nos acercará más.
Cuando pase la urgencia de la emergencia será momento de ver qué hicimos bien y qué hicimos mal y tendremos menos chance para ignorar los problemas y desafíos de otras partes del mundo.

Ahora tendremos un interés personal en el bienestar global.

Me llena de esperanza pensar que nuestro conocimiento y la intimidad y proximidad entre nosotros nos lleve a una mayor comprensión y oportunidad para todos.

La lección de esto es que nuestra seguridad, nuestra vida misma, depende de que todos estemos bien.

No sirve de nada que nosotros tengamos agua entubada, comida en los supermercados, medicina moderna, doctores y hospitales privados si hay pueblos y ciudades enteras que no lo tienen. Ahí, dónde viven los más vulnerables, es donde nacerá y se desarrollará la próxima amenaza biológica.

No, no estoy apelando a un falso sentido de la solidaridad y el altruismo. Somos primates eminentemente egoístas.

A lo que me refiero es que mejoraremos la calidad de vida de los demás por nuestro interés y beneficio propio.

Vamos a destinar recursos, tiempo y dinero a elevar la calidad de vida de aquellos que han tenido menos oportunidades que nosotros y eso, lejos de ser un gasto o una dádiva, será una inversión.

En la medida en que más gente esté más sana en más lugares por más tiempo, todos estaremos más sanos y más seguros.

Lo dicho: Somos primates eminentemente egoístas, pero también somos capaces de aprender y modificar nuestra forma de actuar.

Ésta crisis, sin precedentes en la historia de la humanidad, nos hará mejores personas. Nos va el pellejo en ello por lo que estoy seguro de que así será.

Así que, como verán, vamos a estar bien.

Un poco de luz destruye mucha oscuridad. —Rabino Schneur Zalman de Liadi

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