Volveremos a salir, a reunirnos, todos juntos

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Si algo nos enseña Pesaj es esto: que de la mano unos con otros y con la bendición de Dios podemos sobreponernos a todo, incluso a la esclavitud y al peregrinar por el desierto.

Cuando la plaga de los primogénitos, Dios nos ordenó quedarnos en casa para que la muerte nos pasara de largo.

La plaga de los primogénitos pasó, salimos a la calle, salimos de Egipto, salimos de la esclavitud. Se abrió el mar y lo cruzamos. Después de andar en el desierto, llegamos a la tierra de leche y miel.

Lo mismo pasará ahora: Hoy, con ésta plaga, también debemos quedarnos en casa para que la muerte nos pase de largo.

Pero la plaga pasará y se irá.

Saldremos a las calles más libres de lo que éramos ayer, habremos aprendido que muchas de las ataduras que nos habíamos forjado no eran necesarias y nos las habremos sacudido, nos habremos dado cuenta de que lo realmente importante siempre ha estado en casa y dentro de nosotros.

Vendrá el cruzar por el desierto: el hambre que viene, la crisis que ya está, los negocios, empleos y oportunidades perdidas.

Pero el desierto se acabará. Lo cruzaremos juntos, cobijados por Dios y de la mano de nuestros seres queridos.

Llegaremos a la tierra de leche y miel.

A ti, amiga, amigo querido, te deseo lo mejor para ti y los tuyos, en este día y en todos los días.

Un poco de luz para destruir mucha oscuridad

Parafraseando a Eleanor Rosevelt, hoy no voy a maldecir la oscuridad, voy a encender una vela. Así que en éste texto no voy a hablar de AMLO, ni de su gobierno, ni de su falta de solidaridad con los empresarios que damos trabajo a millones de mexicanos, ni mi opinión sobre ellos. Si eres lector regular mío, ya sabes lo que pienso.

Vamos a estar bien.

Esta crisis que viene se irá y vamos a estar bien.

Vamos todos en el mismo barco. Salimos juntos o nos hundimos juntos y por eso sé que vamos a estar bien, porque juntos saldremos a flote.

Somos seres sociales. Esa es nuestra fortaleza. Esa es nuestra debilidad. Es lo que nos transformó de un primate como los demás en la especie dominante del planeta. Es lo que los organismos como el coronavirus explotan en nuestra contra.

Nada hace mas aparente nuestra necesidad social como estas épocas de cuarentena.


Estudiamos y aprendemos en grupo. Festejamos nuestras alegrías en grupo. Lloramos y cuidamos de nuestros muertos en grupo. Nuestros deportes y entretenimiento, nuestros centros de trabajo, de estudio, de ocio, de esparcimiento, de gozo, de pena, de práctica religiosa; todos son comunales, sociales, juntos. El ritual mismo de casi todas las religiones se llama Comunión.

Carajo, nuestra supervivencia misma como especie requiere de que nos reunamos, nos gustemos, nos besemos, intercambiemos baba y otros fluidos.

Ahí estamos todos en los grupos de WhatsApp que tanto odiamos pero que ahora nos sirven de lugares de reunión. El chat de mi generación de la prepa lleva meses dormido y ahora todos posteamos, cotorreamos, hasta nuestra reunión de 25 años hicimos por Zoom. Por cierto, muy mal a los cortados que no fueron. Tst tst tst.

Algunas escuelas están dando clases virtuales. Los museos han abierto sus colecciones digitales de forma gratuita. Broadway ha puesto a disposición sus obras grabadas sin costo. Los adolescentes (al menos los que conozco) toman café y organizan convivio vía Zoom. Cientos, tal vez miles de juntas que se harían tenido presencialmente ahora se están desahogando vía correo y otras herramientas digitales.

En corto, seguimos haciendo comunidad, aún a distancia, aún en la soledad de nuestro aislamiento.

Ésta pandemia va a cambiar la forma en la que nos relacionamos los unos con los otros, como en los ochentas y noventas el VIH (SIDA le llamábamos entonces) cambió nuestras costumbres sexuales.

Lo primero que va a cambiar es nuestra percepción del otro y de lo que le pasa al otro.

Tenemos la idea de que mientras nosotros y nuestros seres queridos, nuestro circulo inmediato, estemos bien, todo está bien. Lo que pasa en otras ciudades, por no hablar de otros países o los continentes del otro lado del mundo no nos afecta.

O sea, si esta pinche que la gente se muera de sed en Africa y así, pero mientras yo abra la llave del grifo y salga liquido mas o menos limpio para lavarme las manos y encuentre agua embotelladas en el súper por aquello de los bichos de la cisterna, todo bien. Tomen, chicos, ahí les va algo de dinero y un click en Change.org.

Ya no.

Lo que está pasando nos demuestra que todos, TODOS, estamos en el mismo barco.

Los teléfonos, aviones y televisores han servido para hacer el mundo más pequeño, y la ola de cambios tecnológicos solo nos acercará más.
Cuando pase la urgencia de la emergencia será momento de ver qué hicimos bien y qué hicimos mal y tendremos menos chance para ignorar los problemas y desafíos de otras partes del mundo.

Ahora tendremos un interés personal en el bienestar global.

Me llena de esperanza pensar que nuestro conocimiento y la intimidad y proximidad entre nosotros nos lleve a una mayor comprensión y oportunidad para todos.

La lección de esto es que nuestra seguridad, nuestra vida misma, depende de que todos estemos bien.

No sirve de nada que nosotros tengamos agua entubada, comida en los supermercados, medicina moderna, doctores y hospitales privados si hay pueblos y ciudades enteras que no lo tienen. Ahí, dónde viven los más vulnerables, es donde nacerá y se desarrollará la próxima amenaza biológica.

No, no estoy apelando a un falso sentido de la solidaridad y el altruismo. Somos primates eminentemente egoístas.

A lo que me refiero es que mejoraremos la calidad de vida de los demás por nuestro interés y beneficio propio.

Vamos a destinar recursos, tiempo y dinero a elevar la calidad de vida de aquellos que han tenido menos oportunidades que nosotros y eso, lejos de ser un gasto o una dádiva, será una inversión.

En la medida en que más gente esté más sana en más lugares por más tiempo, todos estaremos más sanos y más seguros.

Lo dicho: Somos primates eminentemente egoístas, pero también somos capaces de aprender y modificar nuestra forma de actuar.

Ésta crisis, sin precedentes en la historia de la humanidad, nos hará mejores personas. Nos va el pellejo en ello por lo que estoy seguro de que así será.

Así que, como verán, vamos a estar bien.

Un poco de luz destruye mucha oscuridad. —Rabino Schneur Zalman de Liadi

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Para López la riqueza no se crea ni se destruye, solo se reparte

López y su gobierno parecen creer que la riqueza no se crea ni se destruye, solo se reparte. En la mañanera del lunes dijo “Ya nada de rescates al estilo del periodo neoliberal, que les daban a los bancos, a las grandes empresas, no, que ni estén pensando en que van haber condonaciones de impuestos u otros mecanismo que se usaban antes. Si tenemos que rescatar a alguien, ¿a quién tenemos que rescatar? A los pobres, por el bien de todos, primero los pobres”.

Coincido con el fin del Presidente (si, ya sé). Hay que rescatar a los pobres. Sobre todo hay que rescatarlos de sus rescatadores, salvadores y defensores profesionales; esos que, como López, han hecho una carrera de medrar con sus necesidades, pero ese es otro tema.

Los pobres, los no tan pobres y los ricos, todos, necesitamos salir adelante de esta crisis y para eso vamos a necesitar dinero.

Ese dinero, esa riqueza, tiene que crearse. No existe en un vacío ni se da por generación espontánea.

La riqueza se crea así: Lorenzo es panadero. Su horno tiene capacidad para hornear 10 bolillos al día, bolillos que vende a peso y de los que tiene una utilidad del 30%. Los 10 pesos diarios que vende Lorenzo los deposita en el banco. 7 los usa para pagar a sus proveedores y 3 para sus necesidades.

Lorenzo se ha dado cuenta de que todos los días, cuando se le terminan los 10 bolillos, hay otras diez personas haciendo fila para comprar a los que les dice que ya no tiene bolillos, que pasen mañana. Su esposa Carmela, que es la fuente de todas las buenas ideas en la vida de Lorenzo, le dice que ponga otro horno y así podrá vender más pan.

Lorenzo va con Mariasun, la que le hizo el primer horno, y Mariasun le cotiza uno nuevo en 100 pesos. Lorenzo no tiene 100 pesos, pero si 30. Va con Roberto el banquero, le explica la gran idea de Carmela y el banco le presta los 100 pesos que necesita. Esos 100 pesos no son del banco, sino de los ahorradores como Lorenzo que guardan ahí su dinero para no tenerlo abajo del colchón.

Lorenzo va con Mariasun y le paga los 100 pesos. Mariasun deposita esos 100 pesos en el banco de Roberto. Gira un par de cheques para Andrea y Pablo, sus empleados, con los que les paga el sueldo.

Andrea y Pablo depositan su sueldo en el banco de Roberto y sacan un crédito para comprar un coche y una casa. Pagan el coche a la agencia y la casa al desarrollador y la agencia y el desarrollador pagan a sus empleados y compran maquinaria e insumos a empresas que a su vez hacen lo propio y así, los 10 pesos que Lorenzo religiosamente deposita en el banco de Roberto se convierten en una bola de nieve que da sustento a millones de personas.

Todas estas personas y empresas, o casi todas, pagan impuestos. Así es como el gobierno se hace de dinero.

Hay gobiernos que toman esa riqueza y la invierten en hacer más riqueza. fondos de inversión soberanos que compran acciones en compañías exitosas. Hacen obra pública como caminos, puentes y, aeropuertos que derraman riqueza y sirven para conectar alas personas y al comercio. Compran o desarrollan tecnología que hace más fácil la vida de sus gobernados.

Digo, hay gobiernos, no el nuestro, pero los hay.

La riqueza también se destruye: Los impuestos mal gastado son un destructor de valor. El derroche en obras faraónicas sin sentido. La cancelación por capricho de proyectos y programas públicos que funcionaban. El abuso de poder por encima de la ley que da al traste con la confianza de los inversionistas. El terrorismo fiscal.

¿Te suena familiar?

Exacto.

Yo estoy de acuerdo en que parte del ejercicio de gobierno es distribuir adecuadamente la riqueza para que aquellos con menos oportunidades puedan salir adelante. Tenía razón López cuando decía “Por el bien de todos, primero los pobres”. Pero “primero los pobres” no puede significar “pinches ricos, que se jodan”, ni mucho menos puede ser “solo los pobres, los que no sean pobres, que se jodan”.

¿Cómo piensa López rescatar a los pobres? Con repartos directos de dinero. “Estamos enviando por anticipado a los adultos mayores su pensión, ya la dispersión en bancos comienza hoy (…) vamos a otorgar créditos en las Tandas de Bienestar y vamos a aumentar para que llegue a más gente, los que tienen talleres, pequeños comerciantes, ayudarlos. Es parte del plan de recuperación, primero los más necesitados”.

También le pasa el costo directo de la crisis y la recuperación a las fuentes de trabajo. Firmó un decreto, sin atribuciones legales para ello, que establece que las fuentes de trabajo deben permitir la ausencia de personas vulnerables al #COVID19. Las empresas, por supuesto, están obligadas a otorgar el salario íntegro por un mes.

Nuestro gobierno no entiende que para poder repartir la riqueza, primero tiene que haber riqueza. No entiende que no entiende

Si las fuentes de trabajo no tienen apoyos del gobierno en momentos de crisis, esas fuentes de trabajo, chicas, medianas y grandes, se van a cerrar. Ningún empresario, por buena persona que sea, por más responsabilidad social que tenga, va a sacrificar el bienestar propio y de los suyos en favor del de sus empleados. Nadie come lumbre.

Si Mariasun tiene que pagar sus impuestos y sus créditos y no le alcanza para mantener a Andrea y Pablo como empleados, los va a correr. Tal vez eso implique que no pueda hacer el horno de Lorenzo. Sin ese horno, Lorenzo no solo no va a vender más bolillos, sino que no va a tener para pagar el crédito al banco. Si el banco no recibe el dinero de Lorenzo y el resto de sus acreditados, no puede pagarle al propio Lorenzo y los demás cuentahabientes los depósitos que tienen ahí: no puede regresarles el dinero que les está guardando.

Tampoco va a haber dinero para impuestos y sin esos impuestos, el gobierno no tendrá para repartir riqueza, ni apoyos, ni tandas, ni pensiones, ni nada; mucho menos para construir el Tren Maya, Dos Bocas o Santa Necia.

Si la gente no tiene dinero, no puede comprar pan, ni el que les vende Lorenzo ni ningún otro … y si no lo compran, algo harán para obtenerlo pues de hambre no se van a querer morir.

López está a tiempo, puede rectificar. Hacer una quita generalizada o escalonada porcentual de impuestos, ampliar el plazo para declarar y pagar, dar mensualidades sin intereses o con intereses bajos, dar estímulos o apoyos a sectores estratégicos, ampliar el catálogo de deducciones y condonaciones, esas que le chocan al presidente.

No queda de otra.

Si el gobierno no entiende que la riqueza se crea y se destruye, no solamente se reparte, entonces lo único que habrá en México será pobreza y de esa sobrara para dar y repartir.

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López y el coronavirus van a matar varios mexicanos.

López y el coronavirus van a matar varios mexicanos.

Lo que ha pasado en estas semanas demuestra que López es fundamentalmente inepto (intelectual, moral, temperamental y psicológicamente) para ser Presidente. Le quedó grande la silla, pues.

Cualquiera con dos dedos de frente puede imaginar que un presidente enfrentara al menos una crisis inesperada durante su mandato y en ese momento, el juicio, la templanza, su capacidad de escuchar y hacerse asesorar y el discernimiento del presidente, su carácter y capacidad de liderazgo, son realmente importantes.

El problema es que López desconfía y descree del conocimiento técnico o científico. Él considera que no lo ha necesitado para alcanzar todas sus metas, incluida la Presidencia. Es más, él lo desprecia como una especie de barrera de acceso entre “las élites” y “el pueblo bueno”. Para él todo el que sabe algo que él ignora es un tecnócrata, conservador, neoporfirista.

La virulenta combinación de ignorancia, inestabilidad emocional, demagogia y venganza con la que se conduce López más que resultar en una presidencia fallida podría muy bien conducir a una catástrofe nacional.

La pinche idea de que López y su “fuerza moral” van a guiar al país en estos tiempos me hace un nudo en el estómago y por nudo en el estómago quiero decir me cago de miedo.

Sin duda, López no es responsable ni del coronavirus ni de la enfermedad que causa y no podría haber evitado que golpeara nuestro país incluso si hubiera hecho todo bien.

El problema es que lo ha hecho todo mal.

López desmanteló el sistema de salud mexicano. Yo no sé si lo hizo porque estaba plagado de corrupción (qué sigue estando) o porque el seguro popular era un logro de Calderón (qué lo sigue siendo aunque ya no exista) o porque quiso mostrar a las farmacéuticas y los distribuidores quién manda (y ellos han hecho lo propio).

Lo cierto es que despidió doctores y enfermeras, hay desabasto de medicinas y no hay capacidad de atención en los institutos de salud pública.

Así estábamos antes de la crisis, pero como dice un refrán de esos que le gustan citar a López “Éramos muchos y parió la abuela”.

Ahora, además, enfrentaremos escasez de ventiladores y suministros médicos, y los hospitales, públicos y privados, pronto pueden verse abrumados por la insuficiencia de camas.

Si crees que la escasez de papel de baño ha complicado tu vida, no tienes ni puta idea de lo que viene.

Esto va a causar no solo muertes innecesarias relacionadas con el coronavirus, sino también muertes de aquellos que padecen otros padecimientos que no tendrán acceso inmediato a la atención hospitalaria.

Leíste bien: mucha gente se va a morir.

Podríamos enfrentar una escasez de ventiladores y suministros médicos, y de camas en hospitales si el número de casos de coronavirus fuese controlado con las medidas de seguridad recomendadas por la OMS.

Pero no.

Día tras día tras día, López ha negado descaradamente la realidad, en un esfuerzo por mantener vigente la narrativa de que él se debe al pueblo, de que el conocimiento no es necesario, de que su fuerza moral redentora nos protegerá, de qué hay una conspiración conservadora contra su gobierno.

Ojalá que López tuviera razón.

Ojalá, pero son mamadas.

Tristemente él y nosotros estamos en el proceso de descubrir que no se puede maromear para salir de una pandemia. No hay nadie que pueda hacerle al coronavirus lo que Irma Eréndira Sandoval le hizo a las propiedades y la corrupción de Bartlett: mentir al respecto y hacerlas desaparecer.

La información errónea y las mentiras del presidente sobre el coronavirus son de no mamar. Ha llegado al punto de decir que no es para tanto y pedir a la gente que se abrace.

Estamos frente a un fracaso en el liderazgo nacional que se deriva de un defecto en el carácter de López.

López es tan impulsivo, miope e indisciplinado que no puede ni pensar más allá del momento.

La personalidad del presidente lo hacen no solo inútil para lidiar con esta crisis de salud pública, lo hacen francamente perjudicial.

Él sabe que nada será igual.

Su gobierno podrá dar de manotazos, la mañanera podrá seguir siendo el show de las acusaciones y descalificaciones pero será solo un cascarón hueco.

Los familiares de la gente que se muera por la falta de atención médica no podrá seguir creyendo en el Mesías de Macuspana.

López y su necedad e ineptitud van a matar a miles de mexicanos.

Soy un macho en rehabilitación.

Qué buena está.

Si le hacía el favor. Con dos chupes más, hasta se las pedía.

Es cancha reglamentaria.

Ya alcanza la luz.

O sea, si está buena, pero ¿y después de coger, qué? No hay eternidad más larga que el camino de regreso a su casa.

Wey, esa vieja siempre trae esa faldita a los exámenes órales. Seguro cuando se traba, le aplica la técnica Basic Instincts a los sinodales.

Todo el semestre echa la hueva y a la hora del examen oral, saca diez. Ya me imagino el oral que dio.

Esas viejas que vienen a la universidad de MMC’s nada más echan a perder la curva de todos.

En el primer semestre dices —Pinche vieja bigotuda—. Ya para el quinto te da el síndrome de Piolin y dices —Me pareció ver una linda gatita.

Llega un momento en la peda en qué te das lo que sea. Estás en estado de —No te quiero, pero te necesito.

Me cae de pelos, es buena onda y coge rico, pero ya pasaron tantos por ahí que ni pedo, es vieja de un ratito.

Abusado, wey. Esa vieja es bien lista. Te da diez y las vueltas.

El pedo de contratar mujeres es que se embarazan y tienes que pagar tres meses sin que trabajen y luego les da nostalgia el bebé y se van y toda la capacitación y esos tres meses se van a la mierda.

Esa magistrada revive su divorcio en cada caso que resuelve, por eso es culera con los hombres.

Esa se casó por la lana. Ya sabía desde novia que ese wey era así e igual se casó. ¿Ahora qué anda chillando?

Si te contrato, ¿no vas a salir después con que me caso? ¿Verdad?

Ponte falda, le enseñas las piernas al secretario, le sonríes y le pides que nos haga el paro.

Cuando vayas a ver a ese juez, te vistes discreta porque si no, se va a pasar todo el tiempo viéndote el escote y no va entender nada de lo que le vas a explicar.

La lista es eterna. Podría seguir y seguir y seguir y seguir.

Todas estas son frases que he dicho o me han dicho mis amigos. Algunas de ellas, también me las han dicho mis amigas. Todas son reales. TODAS.

Un amigo en la universidad desarrolló el “cubometro”. Era una escala de cuantas cubas necesitabas traer encima para “darte” a una chava. Todas nuestras compañeras tenían su ranking en el cubometro. Yo no lo inventé y yo tomaba vodka, no cubas, pero también contribuí al cubometro. Es más, lo exporté a mi grupo de amigos y todas nuestras amigas de ese entonces también estaban rankeadas. El cubometro. No mames, el cubometro.

Otra lindura era la pasante con el sobre. —Se lo entregas en propia mano al licenciado X—. En el sobre solo una nota que decía ‘Mira mi pasante nueva.’— Recibí seis o siete de estos sobres de mis amigos en corporativos. No mandé el mío, no por falta de ganas, sino porque el tiempo de mis pasantes era muy preciado para mi. El tiempo. No su dignidad. El. Tiempo.

Ya ni qué decir de la sabroseada. En la explanada de la Ibero, en los restaurantes de Polanco, en los antros, en las calles, en las tiendas, en los parques y las banquetas, en el deportivo, el metro.

Donde fuera.

Dónde sea.

Mirar y admirar el físico de una mujer es casi automático. —Lo que está a la vista, está a la vista—, he dicho. Y bueno, en mesas con amigos, vaya, es de rigor interrumpirnos los unos a los otros a medio chiste, historia, anécdota u argumento cuando va a pasar una niña para que la veamos y comentemos.

Yo nunca he sido violento con una pareja, pero sé de quien si lo ha sido, lo es, y nunca he dicho nada ni ha cambiado mi relación con ellos. Ni qué decir de todos de los que no sé, pero sospecho. Hoy me siento un cobarde, peor, un cómplice, pero no sé bien qué haré al respecto.

—Éstas últimas semanas me han hecho abrir los ojos. A las mujeres les cuesta el doble de trabajo lo que los hombres damos por hecho. No mames. No se vale.

—¿Qué tanto tiene que ver tu indignación con que seas papá de hijas?

—Muchísimo. Tal vez la mayoría, pero no es todo. Me agravia en mi sentido de justicia, del deber ser.

—Es un buen comienzo.

Soy un hombre blanco privilegiado, producto y beneficiario del heteropatriarcado, pero estoy en rehabilitación. Como todas las rehabilitaciones, el primer paso es admitir el problema. El segundo es ofrecer mis sinceras disculpas. Paso a paso. Un día a la vez.

El avión de la rifa

Son las dos de la mañana. Afuera de la puerta de mi casa, apenas vestido en calzones y una playera, estoy entre despierto y dormido, sudando todavía el mezcal de hace unas horas.

—¿Es neta? —pregunto mirando a Servilio Chaires, el Presidente Municipal.

—Claro que si —me contesta.

Debe serlo.

Servilio viene, a ésta mugrosa hora, enfundado en su traje de ir a ver al Señor Gobernador. Ese azul que es igualito al de ir a misa, pero más nuevo.

De todas formas me doy un par de cachetaditas para despabilarme. Me tallo las lagañas de los ojos. Me rasco una nalga. Doy un bostezo.

—¿Yo?

Domitila Garfias, en los mismos jeans, blusa blanca y chaleco guinda de Siervo de la Nación que no se ha quitado desde que llegó al pueblo hace año y medio me pregunta —¿Es usted Agapito Herculano Peláez Engajos?

—Pito Peláez, para servirle.

—¿Hay otro Agapito Peláez en el pueblo?

—Aquí en Tejeringo el chico, no. Mi primo, Pito Peláez y Lames, vivía en el otro, en Tejeringo el grande que está más al norte, pero ese Pito anda de mojado.

—Entonces no hay duda. Usted ganó la rifa del avión—me dice Domitila.

—Servilio, doña Domi, son las dos. ¿No podían esperarse? ¿A las once o, aunque fuera, a que saliera el sol?

—Tan pronto nos lo informaron de Palacio —dice Domitila, y el pecho se le infla al decir Palacio— vinimos a avisarle para que se prepare. El Señor Presidente —otra vez el pecho inflado— lo anunciará en la mañanera.

—Bueno. Ya me avisaron. Si me disculpan —comienzo a cerrar la puerta.

Servilio pone el pie, recarga su peso contra ella.

—Pito, esto del avión te hace lo más grande que ha pasado por Tejeringo —me dice. No cabe de la emoción, el muy tarugo–. Si lo exprimimos bien, puede ser muy bueno p’al pueblo.

–¿A qué hora dice usted que es la mañanera, doña Domi?

–A las seis. —Tuerce los ojos como diciendo qué clase de hereje no sabe a qué hora el Señor Presidente da la Misa de Aurora—. Vamos a pasar por usted a las cinco para el enlace. Estese listo.

–Ya oíste, Servilio. A las cinco. Apenas tengo un ratito p’a dormir. Al rato vemos.

Como puedo me deshago de ellos.

Ya estoy despierto. Siento que voy más p’a allá que p’a acá, así que saco la botella de mezcal que tengo para estas emergencias.

Me sirvo uno. El avión. Ay, wey. Me sirvo otro. Ah, así está mejor.

Cuando fui por mis apoyos ahí estaban Domitila y el delegado de Bienestar, pasando lista.

Domitila dijo –Hoy la aportación es de todo el apoyo.

–¿Todo? ¿Y ora, doña Domi?

Siempre tengo que mocharme con una aportación patriótica p’a que me liberen el resto. P’a pagar los bonos a los buitres del aeropuerto, pipas p’al huachicol, indemnizaciones del Tren Maya, medicinas p’a niños con cáncer.

–Es para la rifa del avión –dijo el delegado.

–¿El avión? ¿Cuál avión?

–El avión presidencial –dijo Domitila–. Los conservadores están boicoteando la venta y los cachitos no salen. Pero el Señor Presidente no está solo. Se los vamos a demostrar. Todos vamos a comprar series completas.

—Oiga, doña. No sea malita. Yo necesito el apoyo completo. Todavía debo lo de la semilla y no me van a surtir. Yo ni quiero quedarme con el avión ese.

Domitila se puso del color de su chaleco. Los ojos le saltaban. Le salía espuma por la boca.

—¿A quién le importa eso cuando está en juego la palabra empeñada del Señor Presidente? No podemos dejar que quede mal, a menos que sea usted de Ellos. ¿Es usted uno de Ellos?

—Deme la serie, doña.

Ese mes no junté p’a la semilla. Sembré a destiempo y mucha planta no se dio. La que se dio fue de calidad menor. No junté p’a mi pago al Banco del Bienestar. Hace una semana ejecutaron el crédito, y subastaron mi parcela. El postor que se la quedó es ahijado de Domitila.

Llaman a la puerta de nuevo. Golpes discretos, callados, insistentes.

Milagros Bonifaz entra sin preguntar. Alta, delgada, tez morena, ojos color agua puerca, cabello color cuervo.

Su mirada recorre las paredes de tabicón, el techo de lámina, la televisión, el quemador eléctrico en el que caliento la comida, la hielera, el catre, la mesa, las dos sillas, la botella de mezcal.

—No podemos vivir así.

Éstas cuatro son las únicas palabras que hemos cruzado en igual número de años.

—Sírveme uno —dice, apuntando con la barbilla al mezcal en la mesa.

Le sirvo. Me sirvo. Tomamos en silencio.

—Cuando nos casemos vamos a tener que vivir en otro lado y vas a tener que comprar flores cada semana.

—¿Y Ricardo? –Ella es novia de Ricardo Platafina, el hijo del tiendero del pueblo. Llevan meses planeando su boda.

Se encoge de hombros. Sorbe mezcal.

Me encojo de hombros.

—¿Y Ramón?

—¿Cuál Ramón?

—Mi Ramón, con el que llevo dos años de novio.

Deja su mezcal sin terminar. Se va sin despedir. Ahora, además de qué hacer con el mentado avión, tengo que pensar cómo explicarle a Catalina que ahora se llama Ramón.

Nuevos golpes a la puerta. Fuertes. De esos que amenazan.

Y si.

Abro y encuentro al sargento Corrales en su habitual uniforme de campaña de la Guardia Nacional. Lleva, como siempre, la camisola abierta, una camiseta negra debajo, la barriga desbordada sobre el cinturón, la cacha de la pistola de fuera. La cacha es de concha nácar y lleva sus iniciales.

Con él viene su patrón.

—¿Éste es?

—Si, jefe —contesta Córrales.

—¿Sabes quién soy?

Botas de piel de tiburón, hebilla de oro pesado, anillos, un tatuaje de una víbora en el pecho, el palillo en los dientes. Estoy frente a Félix Quinto.

La voz se me pega a la garganta. Asiento con la cabeza.

Su aliento en mi cara —No me importa qué es lo que ibas a hacer con ese avión. Ese avión y tu van a ser nuestras mulas. Donde vayas con él, de donde vengas, vas a llevar nuestra pizca. ¿Está claro?

Cuando se van encuentro un charco junto a mis pies descalzos. Líquido tibio me baja por la pierna.

Puntuales a las cinco están Domitila y Servilio.

El pueblo es otro. Papel picado sobre las cuatro calles pavimentadas. Los seis faroles tienen focos nuevos. Trabajadores pintan el techo blanco y las paredes vino de las tiendas.

Llegamos a la Casa del Bienestar. Antes se llamaba Palacio Municipal. No tiene nada de palacio ni de bienestar.

La televisión encendida. A cuadro aparece López Obrador.

—Estamos … contentos … Satisfechos. La rifa fue … Un éxito. Seis millones de … Cachitos. Me informan que hay … ganador —dice el Presidente.

Los reporteros atentos. Ese del moñito se lame los labios a la espera.

—Tengo aquí su nombre. Es … Agapito. Herculano. Peláez. Engajos. Originario de Tejeringo el chico. Ahora nos están comunicando con él.

Domitila me pone el teléfono al oído.

—Bueno. ¿El señor Peláez?

—Pito Peláez Engajos, a sus órdenes.

— Muchas felicidades.

—Gracias, señor.

—Cuénteme, Agapito—

—Pito, señor. Todos me dicen Pito.

—Pito. Cuénteme, Pito. ¿Qué va a hacer con él?

—Se lo regalo, señor.

Andrés Manuel calla. Voltea de un lado al otro.

—Este … eh. ¿Me lo regala?

—Si, señor. Lo que yo quiero es que usted viaje en él. Viaje como se merece el presidente de mi país y no pasando penas en los aeropuertos donde la gente le grita de cosas.

Servilio enjuga sus lagrimas con la punta de su corbata. Domitila está verde.

—Además, mire, aquí ni aeropuerto tenemos. A lo más que llegamos es una pista de la Guardia que usan los narcos. Ahí ni cabe tremendo avionzote.

—Esa pista … Eso ya no pasa. Pasaba … Pasaba con Calderón.

—Si la usan, pero el caso es que a mi el avión no me sirve. A usted si, ándele señor, úselo. Yo se lo regalo a –

La bolsa de lona me cubre la cabeza.

Siento dos brazos fuertes tomando los míos. Esposas que atan mis muñecas detrás de mi espalda.

La voz de Domitila susurra en mi oído –Conservador. Fifi. Neoliberal. Neoporfirista.

Me llevan a empujones. Tropiezo en las escaleras. Caigo. Ruedo. Escucho el crack de una costilla.

Dos manos fuertes me toman del cuello de la camisa y el pantalón. Me avientan al interior de un vehículo que huele a sangre vieja de borrego.

Me llevan. No sé a dónde, pero me llevan.

El amigo que se va

Éste domingo uno de mis amigos más queridos se muda al otro lado del mundo. A diferencia de aquellas emprendidas al término de la prepa, ésta mudanza parece ser definitiva.

No voy a ahondar aquí sobre las razones de su decisión. Las conozco, las comparto. Aún así, duele. Duele cabrón.

Me diría él, con razón y derecho —¿tu qué? Si tu fuiste el primero en irte.

Y si. Lo fui. Lo soy. Pero nuestras distancias ahora se ahondan, se ensanchan. Duele.

Los amigos de la adolescencia tienen la jodida costumbre de albergarse profundo en nuestros corazones porque es entonces cuando construimos al adulto que seremos el resto de la vida. Ellos saben dónde están nuestros esqueletos. En la mayoría de los casos, ellos ayudaron a ponerlos ahí.

Así me pasa con éste amigo.

Él y yo no tenemos nada en común, nada excepto todo lo que importa.

Y ahora se va.

Se va a donde las visitas mutuas serán contadas con los dedos a lo largo de la vida, a donde el cambio de horario hará la comunicación asíncrona, a donde no podremos llamarnos a cualquier momento del día para decirnos —Wey, chinga tu madre —y llevar en ese chinga tu madre todo lo que nos queda por contarnos, todo lo bueno y lo malo que estemos atravesando en ese momento.

Vendrán las mieles de la vida, las suyas, las mías. Las compartiremos a distancia, de corazón más que de facto.

Pero, anda y ve, amigo querido. Te deseo que en ésta aventura corras con suerte, que en tus caminos siempre haya sombra dulce donde descansar y cobijo de lo que haya afuera. Te deseo una vida de leche y miel y, como dice esa canción de Caifanes que tanto nos gusta “Nos vamos juntos / haciendo viejos / algunos sueños / toda la piel.”

Jazak ve’matz.

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