El Censo de la Miseria

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–Buenos días, señor Gonzalez. Soy Próculo Gorraez, del INEGI para el Censo del Bienestar. ¿Se acuerda de mi?

–Buenos días. Si, si me acuerdo –dices, limpiado las lagañas de tus ojos, tratando de tapar un bostezo–. Vino usted hace dos años, ¿no?

–Así es, don. Yo lo censé hace dos años. Ya toca de nuevo. ¿Puedo pasar?

No espera la respuesta. Ya está adentro de tu casa, con una tabla de clip y pluma en mano. La pluma es una Montblanc.

–¿Le parece si empezamos por la cocina y así me invita un café, don? –te dice.

Te encoges de hombros. Lo conduces a la cocina. Te dispones a preparar el café. Sacas el instantáneo de la alacena.

–¿Qué pasó, don? Hace dos años que vine estaba usted tomando el suyo y me sirvió del otro, del bueno. De ese que venía en grano y ponía usted en un como colador y le apretaba. ¿Cómo se llama eso?

–Prensa francesa.

–Eso, prensa francesa.

Tomas el café en grano para prepararle uno. Lo estabas guardando para la próxima semana que era tu aniversario e ibas a servirle café a tu esposa en la cama, pero …

Mientras lo preparas, él toma asiento en la mesa y consulta el expediente que lleva. Sus ojos dan una vuelta. Consulta un poco más.

–Veo que tiene una maquina lavaplatos. Esa no estaba la vez pasada. 

Miras la lavaplatos. 

–¿Para qué la quiere? Dice aquí que tiene una trabajadora doméstica. ¿Ella no lava bien o qué?

–No tenemos trabajadora doméstica desde hace año y medio –le dices. Le entregas su café.

–¿Cómo? ¿Cerrando y cancelando fuentes de trabajo? Muy mal.

Hace un apunte en sus papeles.

–Entonces aquí ya solo viven su esposa, su hijo, su hija y usted. ¿Correcto?

–Y mi suegra. Mi suegra vive ahora con nosotros.  

–Ah, ya. Justo le iba a decir que se me hacía mucho una mesa de seis personas si solo eran ustedes cuatro, pero si su suegra vive aquí, pues, bueno, supongo que apretarse cinco en una mesa de cuatro ha de ser mucho sacrificio. Yo sé que ustedes no están acostumbrados a estrecheces.

–Estrecheces –repites.

–Muy listo de su parte traérsela a vivir aquí. Voy a hacer una nota para que mis compañeros del SAT tomen en cuenta la pensión de adultos mayores como parte del ingreso familiar.

Hace el apunte.

–Oiga, me acuerdo que usted tenía dos coches. Solo vi uno afuera.

–El otro lo vendimos.

–No tengo registro del cheque o la transferencia.

–Lo vendimos en efectivo.

–¿Pagó usted el impuesto?

Le muestras la mano izquierda. Le faltan el meñique y el anular.

–Ah, ya entiendo. Bueno, pero igual tenía usted que pagar el impuesto. Fue un ingreso y bueno, pues, ¿qué le digo? Lo lamento. Le sugiero que haga una declaración complementaria.

Salen de la cocina. Toma nota de los muebles en la estancia.

Tu esposa y tus hijos salen para irse a la escuela. Besan tu mejilla. Se despiden. Él también se despide de ellos y los ve salir apurados.

–¿Es cara la colegiatura de la nueva escuela?

–¿Nueva escuela?

–Si. Sus hijos llevan el uniforme de una escuela distinta de la que iban hace dos años.

–Los tuvimos que cambiar porque ya no alcanzaba para la otra.

—Veo que usted es de los que prefiere pagar en vez de que sus hijos reciban la educación de calidad que imparte el Estado, pero esa es su decisión. ¿Quién soy yo para decirle nada? ¿Y? ¿Es cara?

–No, no mucho. Está en mi declaración de impuestos, las deducciones –le dices.

–Mhm. Deducciones –dice y apunta.

–Oiga, se aburre fácil el niño, ¿verdad?

–No entiendo.

–Si. Ahí junto a la consola conectada a la televisión veo cinco videojuegos diferentes. Se ha de aburrir fácil con uno o dos. Lo entiendo. El mío es igual, pero yo soy más estricto con mi chiquillo.

Toma nota de la televisión, la consola, el equipo de sonido.

Revisa que las botellas de alcohol tengan el sello del SAT.

–Compañero, ¿le puedo dar un consejo?

Tu asientes con la cabeza.

–No debería dejar que su hija adopte desde niña actitudes fifis, conservadoras. Eso no le va a hacer bien en éste país. ¿Me entiende? Se lo digo de amigos.

–No entiendo.

–Si. ¿Qué es eso de tener a sus muñecas sentadas a la mesa con un juego de té? Le está haciendo usted un daño a la niña. La tiene que educar para vivir de acuerdo a nuestros usos y costumbres. Y luego, las muñecas güeras esas –dice, haciendo un gesto de asco con la boca.

–Gracias por el consejo.

Llegan a tu recamara. Mira en tu armario.

–¿Cómo? ¿Tiene usted más de un par de zapatos y tres trajes? ¿No cree que es mucho lujo? ¿No escuchó al presidente? Estos son otros tiempos. Lo mismo los zapatos y vestidos de su señora. De verdad que a ustedes los ricos les gusta despilfarrar, me cae. Y luego pura ropa de marca. Si la declaró y pagó impuestos en aduana, ¿verdad?

–La compramos aquí.

–Ah, no parece. Bueno, yo no sabría decirle. No voy a esas tiendas.

Te encoges de hombros.

–Bueno, creo que es todo –te dice–. ¿Vamos a hacerle como vez pasada? Le aviso de una vez que mi cuota ya subió. Ya sabe, la inflación está difícil y se viene Navidad y luego la cuesta de enero.

–Estamos en septiembre –le dices.

–Bueno, usted diga.

Le pagas lo que pide. Es la cuota para que ponga lo que vio y no lo que podría poner. Podría poner que tienes tres coches, un Tamayo en la pared, muebles italianos, ropa de diseñador. Podría poner lo que quiera y esa sería la verdad oficial y la base de tu declaración de impuestos.

También podría avisarle a sus socios, los mismos que te llevaron de paseo la última vez.

Mejor pagar.

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Bono, U2 y yo

Bono y yo

…And the battle’s just begun
There’s many lost, but tell me who has won
The trench is dug within our hearts
And mothers, children, brothers, sisters torn apart
Sunday, Bloody Sunday
Sunday, Bloody Sunday

Estas fueron las primeras palabras que escuché en la voz de Bono, allá por 1988. Fue en Tepoz y, como tantas cosas, le debo a Shlomo Frymerman habérmelo presentado.

La canción ya era vieja para entonces, había salido en 1983. Para mi, a mis 12 años, era nueva y fresca, como el agua fría de la mañana.

Ni siquiera la alcancé completa. En esa primera escucha me perdí la primera estrofa y el solo de batería de Larry con el que empieza, ese Tara-ra-ran-TA / tum-tum/Tara-tum/Tara-tum-tum/Tara-ra-ran-TA que 31 años más tarde todavía me pone la piel chinita.

Apenas llegué al De-efe, ese mismo domingo, y con dinero que me prestó mi mamá bajo palabra de honor de reponerlo llegando a casa corrí (es un decir, mi mamá me llevó en el coche) al Mixup de Pabellón Polanco y pregunté por el cassette War de U2.

El vendedor podría haberme dado el War, y yo me habría ido feliz y relinchando con mi compra, pero no.

—¿Ya tienes el Joshua Tree?

—No. ¿Ese cuál es?

—Salió el año pasado. Es lo mejor que esta banda ha grabado. Dice la Rolling Stone que es el mejor disco de los 80’s.

—¿Te cae?

—¿Por qué no lo escuchas y si te gusta te lo llevas? Si no, te llevas el War y listo.

No. Pinches. Mames.

La deuda que tengo con ese vendedor es impagable, y ni siquiera recuerdo su nombre.

Joshua Tree

Desde los primeros acordes de Where the streets have no name hasta el cierre de Mothers of the disappeared me hizo suyo, propio, de él. El Joshua Tree es, todavía, mi álbum favorito.

Todavía tengo días en los que quiero romper mis paredes, tocar la flama, esconderme donde las calles no tienen nombre. Todavía no encuentro tanto de lo que llevo la vida buscando. Todavía siento la furia de correr para mantenerme en el mismo sitio. Todavía encuentro significados ocultos en la obra de Dios. Todavía siento a la noche llegar como si fuese una cazadora.

… y así todo el Joshua y casi todo U2.

Eventualmente compré también War y Boy y Unforgettable Fire y October. Todos mi ahorros y domingos del ‘88 se fueron en cassettes de U2. Ninguno era la obra maestra del Joshua, pero los cuatro me rayaron.

Salió Rattle and Hum y me gustó.

—Wey, ninguna banda puede repetir algo como el Joshua —me dijo alguien.

—Lo sé —dije yo.

Estábamos equivocados.

Llegó Achtung Baby en el 91 y oooooootra vez: No. Pinches. Mames.

Achtung Baby

Todas mis dudas existenciales de entonces, de ahora, en Acrobat. Toda la miel y la hiel del difícil amor de mi adolescencia en Love is Blindness y One. Toda la búsqueda de the Real Thing, de algo Even better than the real thing.

Joshua y Achtung son el soundtrack de mis 12 a mis 22. Hay una decena de artistas y una centena de discos (muchos de ellos de U2) importantes para mi durante esos años, pero nada, nunca, como esos dos.

Están las anécdotas con su música de fondo y están las anécdotas con ellos de protagonistas:

Vinieron a México para el ZooTv y no tuve lana para verlos.

Vinieron para el PopMart y fui a los dos conciertos que dieron.

Mi amigo León se lanzó a San Diego a ver Elevation y yo no fui, esperando que vinieran. Sigo esperando. León me sigue pendejeando (que para eso son los amigos).

Cuando decidieron sacar de gira el Joshua Tree y tocarlo completo en vivo, no sabía si vendrían a México o no y no quería que me pasara lo del Elevation. Además … era el Joshua, el pinche Joshua Tree.

Mi esposa, que es la neta del planeta, se lanzó conmigo a Houston a que los viéramos. Pasamos ahí menos de 24 horas y ha sido una de las mejores experiencias de mi vida.

You and I

Siempre si vinieron a México y fuimos los hermanos de la Sagrada Secta del Buitre Embalsamado a verlos al Foro Sol con todo y esposas, pero para mi, ir a Houston con la mía y verlos como los vi esa vez ha sido siempre lo mejor.

Los hermanos buitres

Cuando vinieron al 360, la noche previa al concierto, estaba yo en pijama cuando me dice mis esposa —Al, están Bono, Edge y Larry cenando en el Dulce Patria —una amiga que trabajaba ahí le dio el pitazo.

Flash es un pendejo. Nunca fue tan rápido como yo en cambiarme y salir a la calle en búsqueda de ellos cual quinceañera del infierno.

Esperé en la puerta del Dulce con otros fans durante dos horas, tal vez más. En el Inter me hice cuate de su jefe de seguridad. Le expliqué todo o casi todo lo que he narrado aquí y él me dijo —yo me encargo de que te saluden.

Fiel a su palabra, cuando salió Bono, lo trajo hasta mi. Balbucee mis gracias, mi admiración, las mío pendejadas que Bono oye cada día que se encuentra con alguien como yo, y me tomé la foto obligada.

Edge tenía prisa y no vino.

Cuando se fueron ellos dos, se fueron casi todos los fans y con ellos la valla de seguridad. Yo entré al restaurante a agradecer a la amiga de mi esposa y ella amablemente me presento a Martha Ortiz, la dueña.

No sé bien cómo ni por qué artes, pero acabamos Martha y yo echando un mezcales … con Larry. Él ahí seguía y entre trago y trago nos pasamos media hora hablando de música, pero no de la suya.

—Obviamente eres fan, si no no estarías aquí, pero dime, ¿qué más te gusta?

Los dos coincidimos en que John Bonham es el mejor baterista de todos los tiempos y que sus solos en Rock & Roll y Moby Dick son una cátedra en como tocar los tambores.

Larry y yo, con unos mezcales encima

Pasaron los años. Vinieron más discos. Después se fueron todos los discos y ahora son tracks en Spotify.

La verdad es que hoy los oigo poco.

Son como los mejores amigos. Sé que ahí están y cuando nos reunimos, es como si no nos hubiésemos despedido, como si no hubieran pasado meses, a veces años, sin habernos escuchado.

Pero hoy Bono cumple 60 años (puta madre, 60. Él y yo ya estamos viejos). Para sus 60, él escribió 60 fan letters a los artistas de las 60 canciones que —dice él— salvaron su vida. Si yo hiciera un ejercicio similar, al menos 20 de esas canciones son suyas, así que aquí este texto para él, que no leerá, que posiblemente ni siquiera sepa nunca que lo escribí, pero que lleva en estas líneas el agradecimiento profundo de toda una vida.

Madejas de sal

Foto: Allan Fis. Maquillaje: Alex López. Peinado: Eric Faury. Styling: Carlos Victimo

Atada. Así está. Al menos, así se siente.

Un marido. Dos hijos, una niña y un niño. La finca familiar, vuelta a su gloria de generaciones pasadas.

Las mañanas de yoga, pilates, spinning o la moda fitness del mes. El desayuno con las amigas, más esposas de los amigos de Manuel, que amigas suyas.

Después el café con su suegra y Ágatha, su cuñada.

Delgados lazos que la amarran.

En tardes grises como ésta, de llovizna suave y constante, Cirila goza de sacar la cara por la ventana, sentir las gotas que salpican su cara. Abre la boca y puede, apenas, sentir el sabor a sal sobre sus labios.

Ésta es lluvia de mar, como la de hace todas esas vidas.

Sus hijos, de 10 y 8, conocen el mar, pero no con ella. Con su marido ha ido una sola vez. Esa, la que le bastó para nunca más volver.

–Tanta inmensidad no me gusta, me da un no sé qué, que qué se yo. Ansiedad, nausea. Ve tu Manuel, lleva a los niños y ya me cuentas.

Pero si sabe.

No va, porque si sabe.

Sabe que si ve el mar una vez más es capaz de no volver.

De montarse a una lancha de pescador y zarpar a donde las olas la lleven, dejando a Manuel, a María y Carlitos detrás, sin siquiera voltear a despedirse o de cortarse el cabello a ras y vestirse de hombre como lo hizo aquella vez que se apuntó de marinero en un barco mercante, de esos que cruzan el océano y traen el mundo a la isla.

El barco mercante la dejó varada en su segundo puerto, cuando uno de sus compañeros cayó sobre de ella a oscuras en la hamaca, rompió de un tajo su camisa y encontró sus senos, pequeños, pero senos. Eso y el fierro del cuchillo que clavó Cirila en su garganta.

Siete años fue del mar y el mar de ella, con su sabor en la boca, a veces llovizna como la de hoy sobre su piel, otras la furia de la tormenta.

Fue la noticia de la quema de la finca lo que la trajo a puerto.

Para cuando llegó solo había el casco de la casa y un llano, ambos cubiertos de hollín y cenizas. Un día, sin más, ardieron los alambiques y con ellos todo y todos, excepto papá, quemado y ciego.

Fue hora de quemar los pantalones, y la gorra de marino. Vestir la falda, la blusa, el corsé; de dejar crecer su cabello rubio como el trigo. Hacer las veces de la niña vuelta del extranjero.

Con el tiempo llegó Manuel, llegaron los niños, llegaron los hilos.

Y llegaron las tardes de lluvia salada como la de hoy, en las que saca la cabeza por la ventana, deja que el mar, ese viejo amor de siempre y nunca, la pruebe, la acaricie, le susurre al oído que la extraña.

📷 Allan Fis

🖋 Alberto Mansur

Volveremos a salir, a reunirnos, todos juntos

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Si algo nos enseña Pesaj es esto: que de la mano unos con otros y con la bendición de Dios podemos sobreponernos a todo, incluso a la esclavitud y al peregrinar por el desierto.

Cuando la plaga de los primogénitos, Dios nos ordenó quedarnos en casa para que la muerte nos pasara de largo.

La plaga de los primogénitos pasó, salimos a la calle, salimos de Egipto, salimos de la esclavitud. Se abrió el mar y lo cruzamos. Después de andar en el desierto, llegamos a la tierra de leche y miel.

Lo mismo pasará ahora: Hoy, con ésta plaga, también debemos quedarnos en casa para que la muerte nos pase de largo.

Pero la plaga pasará y se irá.

Saldremos a las calles más libres de lo que éramos ayer, habremos aprendido que muchas de las ataduras que nos habíamos forjado no eran necesarias y nos las habremos sacudido, nos habremos dado cuenta de que lo realmente importante siempre ha estado en casa y dentro de nosotros.

Vendrá el cruzar por el desierto: el hambre que viene, la crisis que ya está, los negocios, empleos y oportunidades perdidas.

Pero el desierto se acabará. Lo cruzaremos juntos, cobijados por Dios y de la mano de nuestros seres queridos.

Llegaremos a la tierra de leche y miel.

A ti, amiga, amigo querido, te deseo lo mejor para ti y los tuyos, en este día y en todos los días.

Un poco de luz para destruir mucha oscuridad

Parafraseando a Eleanor Rosevelt, hoy no voy a maldecir la oscuridad, voy a encender una vela. Así que en éste texto no voy a hablar de AMLO, ni de su gobierno, ni de su falta de solidaridad con los empresarios que damos trabajo a millones de mexicanos, ni mi opinión sobre ellos. Si eres lector regular mío, ya sabes lo que pienso.

Vamos a estar bien.

Esta crisis que viene se irá y vamos a estar bien.

Vamos todos en el mismo barco. Salimos juntos o nos hundimos juntos y por eso sé que vamos a estar bien, porque juntos saldremos a flote.

Somos seres sociales. Esa es nuestra fortaleza. Esa es nuestra debilidad. Es lo que nos transformó de un primate como los demás en la especie dominante del planeta. Es lo que los organismos como el coronavirus explotan en nuestra contra.

Nada hace mas aparente nuestra necesidad social como estas épocas de cuarentena.


Estudiamos y aprendemos en grupo. Festejamos nuestras alegrías en grupo. Lloramos y cuidamos de nuestros muertos en grupo. Nuestros deportes y entretenimiento, nuestros centros de trabajo, de estudio, de ocio, de esparcimiento, de gozo, de pena, de práctica religiosa; todos son comunales, sociales, juntos. El ritual mismo de casi todas las religiones se llama Comunión.

Carajo, nuestra supervivencia misma como especie requiere de que nos reunamos, nos gustemos, nos besemos, intercambiemos baba y otros fluidos.

Ahí estamos todos en los grupos de WhatsApp que tanto odiamos pero que ahora nos sirven de lugares de reunión. El chat de mi generación de la prepa lleva meses dormido y ahora todos posteamos, cotorreamos, hasta nuestra reunión de 25 años hicimos por Zoom. Por cierto, muy mal a los cortados que no fueron. Tst tst tst.

Algunas escuelas están dando clases virtuales. Los museos han abierto sus colecciones digitales de forma gratuita. Broadway ha puesto a disposición sus obras grabadas sin costo. Los adolescentes (al menos los que conozco) toman café y organizan convivio vía Zoom. Cientos, tal vez miles de juntas que se harían tenido presencialmente ahora se están desahogando vía correo y otras herramientas digitales.

En corto, seguimos haciendo comunidad, aún a distancia, aún en la soledad de nuestro aislamiento.

Ésta pandemia va a cambiar la forma en la que nos relacionamos los unos con los otros, como en los ochentas y noventas el VIH (SIDA le llamábamos entonces) cambió nuestras costumbres sexuales.

Lo primero que va a cambiar es nuestra percepción del otro y de lo que le pasa al otro.

Tenemos la idea de que mientras nosotros y nuestros seres queridos, nuestro circulo inmediato, estemos bien, todo está bien. Lo que pasa en otras ciudades, por no hablar de otros países o los continentes del otro lado del mundo no nos afecta.

O sea, si esta pinche que la gente se muera de sed en Africa y así, pero mientras yo abra la llave del grifo y salga liquido mas o menos limpio para lavarme las manos y encuentre agua embotelladas en el súper por aquello de los bichos de la cisterna, todo bien. Tomen, chicos, ahí les va algo de dinero y un click en Change.org.

Ya no.

Lo que está pasando nos demuestra que todos, TODOS, estamos en el mismo barco.

Los teléfonos, aviones y televisores han servido para hacer el mundo más pequeño, y la ola de cambios tecnológicos solo nos acercará más.
Cuando pase la urgencia de la emergencia será momento de ver qué hicimos bien y qué hicimos mal y tendremos menos chance para ignorar los problemas y desafíos de otras partes del mundo.

Ahora tendremos un interés personal en el bienestar global.

Me llena de esperanza pensar que nuestro conocimiento y la intimidad y proximidad entre nosotros nos lleve a una mayor comprensión y oportunidad para todos.

La lección de esto es que nuestra seguridad, nuestra vida misma, depende de que todos estemos bien.

No sirve de nada que nosotros tengamos agua entubada, comida en los supermercados, medicina moderna, doctores y hospitales privados si hay pueblos y ciudades enteras que no lo tienen. Ahí, dónde viven los más vulnerables, es donde nacerá y se desarrollará la próxima amenaza biológica.

No, no estoy apelando a un falso sentido de la solidaridad y el altruismo. Somos primates eminentemente egoístas.

A lo que me refiero es que mejoraremos la calidad de vida de los demás por nuestro interés y beneficio propio.

Vamos a destinar recursos, tiempo y dinero a elevar la calidad de vida de aquellos que han tenido menos oportunidades que nosotros y eso, lejos de ser un gasto o una dádiva, será una inversión.

En la medida en que más gente esté más sana en más lugares por más tiempo, todos estaremos más sanos y más seguros.

Lo dicho: Somos primates eminentemente egoístas, pero también somos capaces de aprender y modificar nuestra forma de actuar.

Ésta crisis, sin precedentes en la historia de la humanidad, nos hará mejores personas. Nos va el pellejo en ello por lo que estoy seguro de que así será.

Así que, como verán, vamos a estar bien.

Un poco de luz destruye mucha oscuridad. —Rabino Schneur Zalman de Liadi

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Para López la riqueza no se crea ni se destruye, solo se reparte

López y su gobierno parecen creer que la riqueza no se crea ni se destruye, solo se reparte. En la mañanera del lunes dijo “Ya nada de rescates al estilo del periodo neoliberal, que les daban a los bancos, a las grandes empresas, no, que ni estén pensando en que van haber condonaciones de impuestos u otros mecanismo que se usaban antes. Si tenemos que rescatar a alguien, ¿a quién tenemos que rescatar? A los pobres, por el bien de todos, primero los pobres”.

Coincido con el fin del Presidente (si, ya sé). Hay que rescatar a los pobres. Sobre todo hay que rescatarlos de sus rescatadores, salvadores y defensores profesionales; esos que, como López, han hecho una carrera de medrar con sus necesidades, pero ese es otro tema.

Los pobres, los no tan pobres y los ricos, todos, necesitamos salir adelante de esta crisis y para eso vamos a necesitar dinero.

Ese dinero, esa riqueza, tiene que crearse. No existe en un vacío ni se da por generación espontánea.

La riqueza se crea así: Lorenzo es panadero. Su horno tiene capacidad para hornear 10 bolillos al día, bolillos que vende a peso y de los que tiene una utilidad del 30%. Los 10 pesos diarios que vende Lorenzo los deposita en el banco. 7 los usa para pagar a sus proveedores y 3 para sus necesidades.

Lorenzo se ha dado cuenta de que todos los días, cuando se le terminan los 10 bolillos, hay otras diez personas haciendo fila para comprar a los que les dice que ya no tiene bolillos, que pasen mañana. Su esposa Carmela, que es la fuente de todas las buenas ideas en la vida de Lorenzo, le dice que ponga otro horno y así podrá vender más pan.

Lorenzo va con Mariasun, la que le hizo el primer horno, y Mariasun le cotiza uno nuevo en 100 pesos. Lorenzo no tiene 100 pesos, pero si 30. Va con Roberto el banquero, le explica la gran idea de Carmela y el banco le presta los 100 pesos que necesita. Esos 100 pesos no son del banco, sino de los ahorradores como Lorenzo que guardan ahí su dinero para no tenerlo abajo del colchón.

Lorenzo va con Mariasun y le paga los 100 pesos. Mariasun deposita esos 100 pesos en el banco de Roberto. Gira un par de cheques para Andrea y Pablo, sus empleados, con los que les paga el sueldo.

Andrea y Pablo depositan su sueldo en el banco de Roberto y sacan un crédito para comprar un coche y una casa. Pagan el coche a la agencia y la casa al desarrollador y la agencia y el desarrollador pagan a sus empleados y compran maquinaria e insumos a empresas que a su vez hacen lo propio y así, los 10 pesos que Lorenzo religiosamente deposita en el banco de Roberto se convierten en una bola de nieve que da sustento a millones de personas.

Todas estas personas y empresas, o casi todas, pagan impuestos. Así es como el gobierno se hace de dinero.

Hay gobiernos que toman esa riqueza y la invierten en hacer más riqueza. fondos de inversión soberanos que compran acciones en compañías exitosas. Hacen obra pública como caminos, puentes y, aeropuertos que derraman riqueza y sirven para conectar alas personas y al comercio. Compran o desarrollan tecnología que hace más fácil la vida de sus gobernados.

Digo, hay gobiernos, no el nuestro, pero los hay.

La riqueza también se destruye: Los impuestos mal gastado son un destructor de valor. El derroche en obras faraónicas sin sentido. La cancelación por capricho de proyectos y programas públicos que funcionaban. El abuso de poder por encima de la ley que da al traste con la confianza de los inversionistas. El terrorismo fiscal.

¿Te suena familiar?

Exacto.

Yo estoy de acuerdo en que parte del ejercicio de gobierno es distribuir adecuadamente la riqueza para que aquellos con menos oportunidades puedan salir adelante. Tenía razón López cuando decía “Por el bien de todos, primero los pobres”. Pero “primero los pobres” no puede significar “pinches ricos, que se jodan”, ni mucho menos puede ser “solo los pobres, los que no sean pobres, que se jodan”.

¿Cómo piensa López rescatar a los pobres? Con repartos directos de dinero. “Estamos enviando por anticipado a los adultos mayores su pensión, ya la dispersión en bancos comienza hoy (…) vamos a otorgar créditos en las Tandas de Bienestar y vamos a aumentar para que llegue a más gente, los que tienen talleres, pequeños comerciantes, ayudarlos. Es parte del plan de recuperación, primero los más necesitados”.

También le pasa el costo directo de la crisis y la recuperación a las fuentes de trabajo. Firmó un decreto, sin atribuciones legales para ello, que establece que las fuentes de trabajo deben permitir la ausencia de personas vulnerables al #COVID19. Las empresas, por supuesto, están obligadas a otorgar el salario íntegro por un mes.

Nuestro gobierno no entiende que para poder repartir la riqueza, primero tiene que haber riqueza. No entiende que no entiende

Si las fuentes de trabajo no tienen apoyos del gobierno en momentos de crisis, esas fuentes de trabajo, chicas, medianas y grandes, se van a cerrar. Ningún empresario, por buena persona que sea, por más responsabilidad social que tenga, va a sacrificar el bienestar propio y de los suyos en favor del de sus empleados. Nadie come lumbre.

Si Mariasun tiene que pagar sus impuestos y sus créditos y no le alcanza para mantener a Andrea y Pablo como empleados, los va a correr. Tal vez eso implique que no pueda hacer el horno de Lorenzo. Sin ese horno, Lorenzo no solo no va a vender más bolillos, sino que no va a tener para pagar el crédito al banco. Si el banco no recibe el dinero de Lorenzo y el resto de sus acreditados, no puede pagarle al propio Lorenzo y los demás cuentahabientes los depósitos que tienen ahí: no puede regresarles el dinero que les está guardando.

Tampoco va a haber dinero para impuestos y sin esos impuestos, el gobierno no tendrá para repartir riqueza, ni apoyos, ni tandas, ni pensiones, ni nada; mucho menos para construir el Tren Maya, Dos Bocas o Santa Necia.

Si la gente no tiene dinero, no puede comprar pan, ni el que les vende Lorenzo ni ningún otro … y si no lo compran, algo harán para obtenerlo pues de hambre no se van a querer morir.

López está a tiempo, puede rectificar. Hacer una quita generalizada o escalonada porcentual de impuestos, ampliar el plazo para declarar y pagar, dar mensualidades sin intereses o con intereses bajos, dar estímulos o apoyos a sectores estratégicos, ampliar el catálogo de deducciones y condonaciones, esas que le chocan al presidente.

No queda de otra.

Si el gobierno no entiende que la riqueza se crea y se destruye, no solamente se reparte, entonces lo único que habrá en México será pobreza y de esa sobrara para dar y repartir.

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López y el coronavirus van a matar varios mexicanos.

López y el coronavirus van a matar varios mexicanos.

Lo que ha pasado en estas semanas demuestra que López es fundamentalmente inepto (intelectual, moral, temperamental y psicológicamente) para ser Presidente. Le quedó grande la silla, pues.

Cualquiera con dos dedos de frente puede imaginar que un presidente enfrentara al menos una crisis inesperada durante su mandato y en ese momento, el juicio, la templanza, su capacidad de escuchar y hacerse asesorar y el discernimiento del presidente, su carácter y capacidad de liderazgo, son realmente importantes.

El problema es que López desconfía y descree del conocimiento técnico o científico. Él considera que no lo ha necesitado para alcanzar todas sus metas, incluida la Presidencia. Es más, él lo desprecia como una especie de barrera de acceso entre “las élites” y “el pueblo bueno”. Para él todo el que sabe algo que él ignora es un tecnócrata, conservador, neoporfirista.

La virulenta combinación de ignorancia, inestabilidad emocional, demagogia y venganza con la que se conduce López más que resultar en una presidencia fallida podría muy bien conducir a una catástrofe nacional.

La pinche idea de que López y su “fuerza moral” van a guiar al país en estos tiempos me hace un nudo en el estómago y por nudo en el estómago quiero decir me cago de miedo.

Sin duda, López no es responsable ni del coronavirus ni de la enfermedad que causa y no podría haber evitado que golpeara nuestro país incluso si hubiera hecho todo bien.

El problema es que lo ha hecho todo mal.

López desmanteló el sistema de salud mexicano. Yo no sé si lo hizo porque estaba plagado de corrupción (qué sigue estando) o porque el seguro popular era un logro de Calderón (qué lo sigue siendo aunque ya no exista) o porque quiso mostrar a las farmacéuticas y los distribuidores quién manda (y ellos han hecho lo propio).

Lo cierto es que despidió doctores y enfermeras, hay desabasto de medicinas y no hay capacidad de atención en los institutos de salud pública.

Así estábamos antes de la crisis, pero como dice un refrán de esos que le gustan citar a López “Éramos muchos y parió la abuela”.

Ahora, además, enfrentaremos escasez de ventiladores y suministros médicos, y los hospitales, públicos y privados, pronto pueden verse abrumados por la insuficiencia de camas.

Si crees que la escasez de papel de baño ha complicado tu vida, no tienes ni puta idea de lo que viene.

Esto va a causar no solo muertes innecesarias relacionadas con el coronavirus, sino también muertes de aquellos que padecen otros padecimientos que no tendrán acceso inmediato a la atención hospitalaria.

Leíste bien: mucha gente se va a morir.

Podríamos enfrentar una escasez de ventiladores y suministros médicos, y de camas en hospitales si el número de casos de coronavirus fuese controlado con las medidas de seguridad recomendadas por la OMS.

Pero no.

Día tras día tras día, López ha negado descaradamente la realidad, en un esfuerzo por mantener vigente la narrativa de que él se debe al pueblo, de que el conocimiento no es necesario, de que su fuerza moral redentora nos protegerá, de qué hay una conspiración conservadora contra su gobierno.

Ojalá que López tuviera razón.

Ojalá, pero son mamadas.

Tristemente él y nosotros estamos en el proceso de descubrir que no se puede maromear para salir de una pandemia. No hay nadie que pueda hacerle al coronavirus lo que Irma Eréndira Sandoval le hizo a las propiedades y la corrupción de Bartlett: mentir al respecto y hacerlas desaparecer.

La información errónea y las mentiras del presidente sobre el coronavirus son de no mamar. Ha llegado al punto de decir que no es para tanto y pedir a la gente que se abrace.

Estamos frente a un fracaso en el liderazgo nacional que se deriva de un defecto en el carácter de López.

López es tan impulsivo, miope e indisciplinado que no puede ni pensar más allá del momento.

La personalidad del presidente lo hacen no solo inútil para lidiar con esta crisis de salud pública, lo hacen francamente perjudicial.

Él sabe que nada será igual.

Su gobierno podrá dar de manotazos, la mañanera podrá seguir siendo el show de las acusaciones y descalificaciones pero será solo un cascarón hueco.

Los familiares de la gente que se muera por la falta de atención médica no podrá seguir creyendo en el Mesías de Macuspana.

López y su necedad e ineptitud van a matar a miles de mexicanos.

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