Carta a mi bully de la primaria.

Hola, soy Alberto Mansur, el niño que bulleabas en la primaria.

¿Te acuerdas de mi?

Yo te confieso que los últimos 34 años han pasado algunas semanas en las que no te pienso.

Pocas, la verdad, pero las han habido.

Ayuda a que te recuerde el siempre presente dolor en el cuello, secuela de esa golpiza que me diste en quinto de primaria en la que me hiciste un daño permanente en dos cervicales. Ah que pinche no me olvides, me cae.

Esa no fue la primera.

Esa no fue la última.

Esa fue solo la que me acompaña todas las mañanas cuando despierto entumido, adolorido, necesitado de estirarme poco a poco hasta convertir el dolor en molestia.

Tantos años después de entonces y todavía puedo cerrar los ojos y sentir tus puños sobre mi rostro, tus brazos levantándome por las axilas, estrellándome contra el medio muro que dividía los mingitorios y los lavabos del baño.

BAM.

BAM.

BAM.

Caí al piso, casi inconsciente, pero no del todo. Al menos no lo suficiente como para no sentir tus patadas.

La golpiza terminó cuando un tipo de la secundaria entró al baño y te detuvo. Me llevó cargando a la enfermería. Sé que él ya no se acuerda, pero a mi no se me olvida que le debo la vida.

No recuerdo por qué fue que peleamos. Tampoco importa. Las razones entre nosotros siempre fueron lo de menos.

Más bien la razón siempre fue la misma: Yo era débil, inseguro, de estatura pequeña, delgado, orejón; pero siempre dispuesto a defender mi dignidad con mis pequeños puños y mis limitadas habilidades.

Yo era presa fácil.

¿Y tu? Tu te alimentabas de mi miedo, de mis lágrimas. Mi sufrimiento te hacía sentir fuerte, poderoso, superior.

Terminada la primaria dejé atrás al Colegio Hamilton y a ti. Bueno, no. Dejé atrás a tus puños. A ti no. A ti te llevo conmigo todavía…

Sin querer he sabido de ti a lo largo de los años.

Un rumor aquí. Otro allá. Chismes que cuentan conocidos en común de entonces y ahora. Encuentros fortuitos con uno que otro miembro de tu familia. Notas periodísticas.

No lo sé, la verdad, pero parece que no la has pasado bien, que la vida ya era dura contigo cuando éramos niños y que hubo momentos en que se puso peor.

Me contaron que tu padre te pegaba fuerte y seguido, te insultaba, te maltrataba.

Me contaron de las escuelas de las que dicen que te corrieron, del internado militar al que te mandaron, de como no hubo universidad en México que te recibiera.

Me contaron que las drogas y el alcohol llegaron temprano a tu vida y que te cogieron con fuerza.

BAM. La boda al vapor en Las Vegas con una cantante.

BAM. El divorcio por violencia, drogas, alcohol.

BAM. Las entradas y salidas a centros de rehabilitación, las recaídas.

La gente venía y me contaba creyendo que me daría gusto saber que la vida te estaba cobrando las facturas.

La verdad es que no. Ni poquito gusto.

Más bien tristeza.

Esas facturas que la gente me decía que pagabas eran caras, muy caras, muy pinches.

Lamento que la vida te haya tratado así.

Con el tiempo, con la experiencia, con lo que he vivido me doy cuenta de que así como yo era tu víctima, tú también eras una víctima; que la violencia no era otra cosa que el reflejo de lo que tú también vivías, de tu frustración, de tu furia.

Lo sé porque lo viví, porque estuve a punto de ser tu.

¿Sabes? Creo que esa golpiza fue uno de los grandes catalizadores de mi vida y, a la distancia, te la agradezco.

Verás, tras recuperarme de los moretones, la cortada en el labio y en la ceja, durante alguna de las sesiones de rehabilitación y quiropráctica para las cervicales, decidí que nunca nadie más iba a lastimarme como tu lo habías hecho.

Aunque me fuera la vida en ello, nunca mas.

Conseguí que un policía judicial me enseñara a boxear y a pelear sucio. Practiqué Judo tres o cuatro años. Fui a un par de clases de lima-lama que no me convencieron. Compré un costal de arena al que golpeaba a diario imaginando que era tu cara, tu cuerpo, que eras tu y no yo quien estaba tirado en el suelo recibiendo las patadas.

Conforme iba aprendiendo a pelear y mi cuerpo era más fuerte, empecé a abusar de ello. Estaba participando del círculo de la serpiente.

Hasta que empecé a hacer KarateDo y ahí, Sensei Esteban hizo las veces de señor Miyagui.

—¿Pegar? Cualquiera puede aprender a pegar. Aquí se viene a aprender a no pegar.

—¿Romper huesos? ¿Que se gana rompiendo huesos? Aquí se aprende a reparar, no a destruir.

—Deje su día afuera. Al dojo se llega como jarra vacía a llenarse de agua. Es más, hoy vamos a hacer las cinco Heian kata. (Heian quiere decir paz).

Podría escribir cientos de lecciones con las que Sensei Esteban fue reparando mi alma mientras entrenaba mi cuerpo. A él le debo no haber tenido que usar nunca más los puños para demostrarme a mi mismo mi valor. Arigatō gozaimashita, Sensei.

También supe hace un par de años que ahora estás mejor, más sobrio, más tranquilo. Me alegro.

Hoy que escribo esto lo hago en la víspera de Yom Kippur, el día del arrepentimiento para nosotros los judíos.

Para mi estos días siempre han sido de reflexión sobre lo que he hecho mal hacia mi prójimo y cómo puedo reparar el daño. Han sido días en los que pienso en mis errores y cómo no repetirlos.

Pero he dejado fuera una parte importante de este día: el perdón. Casi nunca pienso en aquellos a los que debo perdonar, y eso está mal.

El perdón no es sólo la absolución del pecado del otro. El perdón es el bálsamo con el que podemos curar y sanar nuestras heridas. No es sino hasta que perdonamos y dejamos ir los agravios del pasado, que podemos disfrutar plenamente nuestro presente con miras a tener un buen futuro.

Así que te perdono.

Te perdono de corazón y nunca más volveré a pensar en ti de forma negativa.

Te perdono y te deseo que tengas una vida plena, llena de bendiciones, de felicidad, de paz. Eso, sobre todo: te deseo paz.

Extraño el México del temblor.

Extraño el México de hace tres años. Extraño México que vi y viví el 19 de septiembre de 2017. Extraño el México en el que lo que nos unía era mucho mayor, mucho más importante, que lo que nos separaba.

Ese día por la mañana sonó la alerta sísmica.

Abandonamos edificios públicos y privados. Salimos a la calle y los puntos de reunión, siguiendo a los encargados designados con sus chalecos fosforescentes.

Chacoteamos un rato, algunos viendo nuestros relojes para poder continuar con nuestras actividades del diario, todos con los ojos puestos en nuestros teléfonos.

Cumplida esa ofrenda de tiempo a los dioses chilangos, procedimos a nuestros rituales cotidianos: la marcha de la semana en Reforma, comprar chicles en los carriles centrales del periférico, pedir quesadillas con queso.

Pasaron dos horas y BOOM.

Que retiembla en su centro la tierra.

No hubo alerta sísmica. Tampoco hubieron chaperones con chalequito fosforescente que conservaran la calma. Muchos corrieron aún después del ensayo de la mañana. La mayoría no. No hubo muertos ni heridos lastimados durante las evacuaciones, aún con algunos tropiezos.

El terremoto estuvo MUY cabrón. MUY. CABRÓN.

Apenas una semana antes habíamos tenido otro y nada, no se rompió ni un vidrio.

–Caray, cuanto hemos aprendido en los 30 años del Temblor para acá –me dijo un amigo ingeniero–. No se cayó nada. La Ciudad aprendió su lección.

… y pues no. Resultó que no habíamos aprendido tanto como creíamos. Cientos de construcciones afectadas; muchas derrumbadas. La Ciudad herida.

Resultó, también, que si.

Salimos a la calle. Salimos a ayudar a quién fuera y como fuera. Salimos, porque salir era preciso.

Salimos como uno, no como chairos, fifis, pejezombies, antipejes, neoporfiristas, postcardenistas, liberales, conservadores NI NINGUNA OTRA DE LAS ETIQUETAS QUE DESDE PALACIO NOS HAN PUESTO Y HEMOS DEJADO QUE NOS PONGAN.

No. Salimos como MEXICANOS, al grito de guerra, pues la tierra había retumblado en sus centro, y era momento de aprestar el acero y los huevos.

La gente que vimos las construcciones caer no dudamos en lanzarnos de inmediato sobre ellas, sin equipo, sin entrenamiento, sin herramienta.

Había que sacar a los que estuvieran dentro.

Llegó el olor a gas, ese que siempre acompaña a las tragedias.

–Apaguen sus cigarros y motores. Nadie fume. Nadie prenda nada, ni la luz.

–¿Cuál luz? No hay luz.

No había. O se cayeron los cables o la cortó la CFE, no lo sé.

Llegó el Cuerpo de Bomberos. Llegó la Marina. Llegó el Ejercito. Llegó la Policía. Llegaron los Topos. Los voluntarios ya estábamos ahí, pero seguimos llegando. No paramos de llegar.

Llegamos cuando y como pudimos porque el infernal tráfico que padecemos los chilangos terminó de colapsarse con las construcciones que se cayeron. Todo mundo queriendo llegar a todos lados.

Las lineas de teléfono se saturaron, como lo hicieron las pocas que quedaron en pie en el ’85. No fue problema. La red estaba de pie. Todo mundo pudo comunicarse tarde que temprano con sus seres queridos por mensajes de texto.

–¿Estas bien? ¿Todo bien? ¿No se cayó nada? ¿Ya supiste de los niños? ¿Tienes noticia de tus papás? ¿Sabes algo del perro?

Esas y todas como esas eran las preguntas que se reproducían entre los chilangos. Para la inmensa mayoría la respuesta era un SI, seguida de un respiro de alivio.

No lo fue para todos.

Fueron muchos los muertos, 26 de ellos son niños que fueron aplastados por los escombros de la escuela Enrique Rebsamén.

Si, de su escuela.

Del lugar seguro al que sus padres los enviaron ese día por la mañana a aprender a leer, a escribir, a sumar.

Ahora hubo que restar.

A esos niños los mataron las piedras, los mató también la corrupción. La dueña que hizo construcciones fuera de la norma ya fue declarada culpable. La delegada que se hizo de la vista gorda sobre esas construcciones hoy es Jefa de Gobierno y precandidata a Presidente. Hasta la basura se separa.

Están también los que perdieron sus casas, sus lugares de trabajo, los espacios que les brindaban tranquilidad y cuidaban de su porvenir. Ese patrimonio que iban labrando con el tiempo y con su esfuerzo.

Ni qué decir de los que perdieron a un ser querido o de los que fueron sacados de las ruinas sin un brazo, una pierna, un ojo.

Su vida, aunque vivos, no será jamás la misma.

Por la noche los esfuerzos eran más organizados.

Estaba, por ejemplo, el centro de acopio improvisado en la esquina de Sonora e Insurgentes. Ahí había de todo. Toneladas de botellas de agua. Pacas de ropa y cobijas. Latas sobre latas sobre latas sobre más latas de comida. Picos. Palas. Gente. Había gente para aventar para arriba y un poco más.

Mucha de esa gente caminamos unas cuadras hacia adentro de la Roma.

Era la esquina de Medellín y San Luis Potosí donde se derrumbó un edificio. Éste se cayó horas después del temblor, ya llegada la noche. Cuando se desplomó tenía que haber estado vacío, pero no lo estaba. Protección Civil lo había evacuado y, algunas personas, al ver que se sostenía, entraron de vuelta.

Ahí estaba el ejercito.

Ese ejercito al que usamos para todo, que nos sirve y protege lealmente, al que mandamos a la guerra contra el narco y a servir de policía. El ejercito al que miramos con recelo y al que miramos con alivio y esperanza cuando la naturaleza nos golpea son su fuerza. El ejército sobre el que hoy el Presidente sostiene a su gobierno y al que soborna con jugosos contratos y aduanas.

Ahí estaba la policía capitalina, también. Los azules. Los que los chilangos vemos siempre con sospecha y a los que tachamos al parejo de corruptos.

Ahí estaban los rescatistas. No sé si eran Topos, los muchachos de CADENA o algún otro grupo, pero ellos si sabían lo que hacían. Montados sobre las ruinas con sus perros y sus faros. Arriesgando la vida para encontrar y salvar vida.

Ahí estábamos los voluntarios. Picando piedra. Removiendo escombros. Acarreando cubetas a los camiones que llegaban, se llenaban, se iban, llegaban más.

De pronto los rescatistas levantaban los puños.

Era una ola de puños en alto. Una ola silenciosa que recorría a la multitud, nos callaba, nos paralizaba.

Bajaban los puños.

Volvía el ruido y el movimiento.

Así toda la noche. Así toda la ciudad. Sin colores, sin etiquetas, sin divisiones, sin vitacilina, sin —Ahora dilo sin llorar. Éramos todos para uno y uno para todos.

La mañana del 20 llegó con zonas acordonadas y vaciadas. Calles cerradas por la delgada e imponente autoridad de una cinta amarilla que no requería de resguardo.

Los chilangos seguíamos organizándonos.

Albergues brotaron como hongos en humedal.

Centros de acopio repartidos por toda la ciudad.

Restaurantes y cafés sirviendo comida caliente sin costo a damnificados, rescatistas, voluntarios, policías, bomberos, soldados.

Las redes sociales inundadas de llamadas de ayuda y respuesta inmediata y desbordada.

–Se necesita esto aquí y ahora.

–Va para allá.

Fue tal la respuesta que los centros de acopio y de rescate se desbordaron.

Filas enteras de voluntarios esperando su turno para poder ayudar.

Montañas de equipo de rescate que se fueron consumiendo con el esfuerzo sostenido por el paso del tiempo.

Comida y abrigo para quien fuera a necesitarlo. Medicinas también.

Fue tanto que los chilangos empezamos a llenar camiones para mandar a Morelos, a Oaxaca, a Puebla, a Chiapas. La generosidad de nuestra gente alcanzó para todos. Veintidós millones de corazones, de pares de manos dispuestas a hacer por nuestro prójimo lo que nuestro prójimo haría por nosotros.

Y llegó la lluvia.

Y valió madre la lluvia.

Como si estuviera el sol resplandeciente y una brisa de verano, los chilangos seguimos ayudando.

Las zonas de desgracia empezaron a llevar nombre y apellido.

Álvaro Obregón.

Amsterdam.

Tlalpan.

Medellín.

Xochimilco.

Escocia.

Portales.

Enrique Rebsamen. Pinche escuela Enrique Rebsamen y sus dueños y sus autoridades corruptas; mal rayo los parta a todos esos hijos de las mil y una brujas.

Lo mismo trajo consigo el día siguiente y lo mismo el de después y lo mismo siguieron trayendo los días.


Bueno, no lo mismo.

El lunes la ciudad empezaba a regresar a la normalidad o, más bien, a lo que aquí pasa por normalidad.

La mayoría regresamos a nuestros trabajos. Algunos niños a sus escuelas. Los contingentes internacionales a sus países. La gente a su rutina diaria.

Habíamos demostrado que la nuestra es una ciudad que se cae, pero no se rompe.

Demostramos que lo que nos une es mucho más que lo que nos separa. Ante la adversidad, los chilangos fuimos capaces de cerrar los ojos a nuestras diferencias.

Joven, viejo, ella, él, pobre, rico, medio, empresaria, soldado, albañil, estudiante, policía, doctor, ama de casa, papá soltero, abogada, electricista, violinista, paramédico, ingeniera, pintor, escultora, cocinero, de izquierda, de derecha, de centro, conservadora, liberal, capitalista, comunista, socialista, anarquista, científico, religiosa, culta, ignorante, justas, pecadores, honestos y no tanto. Todos. Todos estuvimos ahí.

Caídos pero no rotos, no, muy lejos de rotos. Caídos, pero enteros, levantándonos los unos apoyados en los otros.

Hoy en México estamos pasando una desgracia peor que el temblor de hace tres años. El COVID ha apagado 70 mil vidas, ha destruido el patrimonio y sustento de millones.

Y sigue la mata dando. Sigue el virus desatado. Siguen más enfermos, más muertos.

Pero ya no tenemos eso que teníamos hace tres años. La unión que sirvió para rescatarnos de los escombros se ha disuelto en el ácido venenoso que se escupe todos los días desde Palacio. El rencor. La polarización. Las divisiones.

Pareciera que ya no somos todos mexicanos. Somos de izquierda o de derecha, corruptos u honestos, creyentes o paganos de la 4T, adversarios o aplaudidores, fifis o chairos, liberales o conservadores, neoliberales traidores o estatistas patrióticos, twitteros, fesibuqueros, abajo-firmantes; convencidos a ultranza del gobierno, te-lo-dijistas, arrepentidos.

Somos todo, menos lo que debiéramos ser: mexicanos.

Si, extraño el México de hace tres años. Extraño México que vi y viví el 19 de septiembre de 2017. Extraño el México en el que lo que nos unía era mucho mayor, mucho más importante, que lo que nos separaba.

Es momento de volver a ese México, al México unido. De tendernos la mano sin descalificaciones ni calificaciones previas, de celebrar nuestra diversidad y saber que es en ella donde reside nuestra fuerza.

El reto es enorme. Es dejar de vernos como adversarios –o, peor, como enemigos–, o como pendejos embelesados con privilegios pasados o igualdades futuras. El reto es reconocernos el uno en el otro y, aunque tengamos diferencias, son más importantes nuestras similitudes.

En los derrumbes el puño en alto era señal de silencio y de quedarse quietos. Era, también, una señal de fuerza y esperanza. Que sirva ahora, con la misma fuerza y esperanza, para alzar la voz, para gritar a todo pulmón ¡AQUÍ ESTAMOS, MEXICANOS! Vamos juntos.

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El SAT en tu casa, tomando fotos.

Hace 4 meses Ramìrez Cuellar, presidente interino de Morena, propuso que los muchachos del INEGI deberían entrar a nuestras casas, ver cómo vivíamos y levantar un censo sobre la riqueza o pobreza de cada persona.

En ese entonces el punto quedó en una idea del ex-líder del Barzón y ex-pareja de Betty, nuestra no-Primera Dama.

…o eso creíamos.

Resulta que la Cuarta Restauración no descansa en su sueño húmedo autoritario y no serán los muchachos del INEGI quienes entren a tu casa. No, no, no. Esa jugada de grandes ligas será ejecutada por el SAT.

En el paquete económico para el 2021 que el gobierno federal mandó al Congreso hay una reforma al artículo 45 del Código Fiscal que permite a los auditores del SAT entrar al domicilio del contribuyente y fotografiar o videograbar todo lo que ahí vean.

Y tu estás obligado a permitirlo.

No es que antes no pudieran entrar los auditores, sino que ahora pueden tomar fotos y video, aunque, claro, están obligados al secreto fiscal y a la confidencialidad.

Si. Aha. Ya sabemos cómo funciona eso en nuestro país en el que se filtran hasta las listas del INE.

Los defensores del proyecto dirán que solo entrarán a los domicilios fiscales de las empresas, pero pierden de vista que las personas físicas somos contribuyentes y que según la ley, nuestro domicilio es dónde vivimos.

Así que prepárate para tener los ojos del gobierno y de todos sus compinches en casa.

Sobre el tema publiqué el Censo de la Miseria en el Prietito. Ahora lo reproduzco con algunos cambios para que te des una idea de cómo será tener al auditor del SAT tomando fotos de tu casa y lo que hay en ella.

–Buenos días, señor Gonzalez. Soy Próculo Gorraez, del SAT para su auditoría fiscal. ¿Se acuerda de mi?

–Buenos días. Si, si me acuerdo –dices, limpiado las lagañas de tus ojos, tratando de tapar un bostezo–. Vino usted hace dos años, ¿no?

–Así es, don. Yo lo audité hace dos años. Ya toca de nuevo. ¿Puedo pasar?

No espera la respuesta. Ya está adentro de tu casa, con iPad en mano.

–¿Le parece si empezamos por la cocina y así me invita un café, don? –te dice.

Te encoges de hombros. Lo conduces a la cocina. Te dispones a preparar el café. Sacas el instantáneo de la alacena.

–¿Qué pasó, don? Hace dos años que vine estaba usted tomando el suyo y me sirvió del otro, del bueno. De ese que venía en grano y ponía usted en un como colador y le apretaba. ¿Cómo se llama eso?

–Prensa francesa.

–Eso, prensa francesa.

Tomas el café en grano para prepararle uno. Lo estabas guardando para la próxima semana que era tu aniversario e ibas a servirle café a tu esposa en la cama, pero …

Mientras lo preparas, él toma asiento en la mesa y consulta las fotos que tomó en su visita anterior. Sus ojos dan una vuelta. Consulta un poco más.

–Veo que tiene una maquina lavaplatos. Esa no estaba la vez pasada.

Miras la lavaplatos.

–¿Para qué la quiere? Dice aquí que tiene una trabajadora doméstica. ¿Ella no lava bien o qué?

–No tenemos trabajadora doméstica desde hace año y medio –le dices. Le entregas su café.

–¿Cómo? ¿Cerrando y cancelando fuentes de trabajo? Muy mal.
Hace un apunte en el iPad.

–Entonces aquí ya solo viven su esposa, su hijo, su hija y usted. ¿Correcto?

–Y mi suegra. Mi suegra vive ahora con nosotros.

–Ah, ya. Justo le iba a decir que se me hacía mucho una mesa de seis personas si solo eran ustedes cuatro, pero si su suegra vive aquí, pues, bueno, supongo que apretarse cinco en una mesa de cuatro ha de ser mucho sacrificio. Yo sé que ustedes no están acostumbrados a estrecheces.

–Estrecheces –repites.

–Muy listo de su parte traérsela a vivir aquí. Voy a hacer una nota para revisar si declaró la pensión de adultos mayores como parte del ingreso familiar.

—La declaré.

Hace el apunte de todas formas.

–Oiga, me acuerdo que usted tenía dos coches. Solo vi uno afuera.

–El otro lo vendimos.

–No tengo registro del cheque o la transferencia.

–Lo vendimos en efectivo.

–¿Pagó usted el impuesto?

Le muestras la mano izquierda. Le faltan el meñique y el anular.

–Ah, ya entiendo. Bueno, pero igual tenía usted que pagar el impuesto. Fue un ingreso y bueno, pues, ¿qué le digo? Lo lamento. Le sugiero que haga una declaración complementaria.

Salen de la cocina. Toma fotos de los muebles en la estancia.

Tu esposa y tus hijos salen para irse a la escuela. Besan tu mejilla. Se despiden.

—Sonrían para la foto —les dice. No sonríen pero igual toma la foto y los ve salir apurados.

–¿Es cara la colegiatura de la nueva escuela?

–¿Nueva escuela?

–Si. Sus hijos llevan el uniforme de una escuela distinta de la que iban hace dos años.

–Los tuvimos que cambiar porque ya no alcanzaba para la otra.

—Veo que usted es de los que prefiere pagar en vez de que sus hijos reciban la educación de calidad que imparte el Estado, pero esa es su decisión. ¿Quién soy yo para decirle nada? ¿Y? ¿Es cara?

–No, no mucho. Está en mi declaración de impuestos, las deducciones –le dices.

–Mhm. Deducciones –dice y apunta.

–Oiga, se aburre fácil el niño, ¿verdad?

–No entiendo.

–Si. Ahí junto a la consola conectada a la televisión veo cinco videojuegos diferentes. Se ha de aburrir fácil con uno o dos. Lo entiendo. El mío es igual, pero yo soy más estricto con mi chiquillo.

Toma fotos de la televisión, la consola, el equipo de sonido.

Revisa que las botellas de alcohol tengan el sello del SAT.

–Compañero, ¿le puedo dar un consejo?

Tu asientes con la cabeza.

–No debería dejar que su hija adopte desde niña actitudes fifis, conservadoras. Eso no le va a hacer bien en éste país. ¿Me entiende? Se lo digo de amigos.

–No entiendo.

–Si. ¿Qué es eso de tener a sus muñecas sentadas a la mesa con un juego de té? Le está haciendo usted un daño a la niña. La tiene que educar para vivir de acuerdo a nuestros usos y costumbres. Y luego, las muñecas güeras esas –dice, haciendo un gesto de asco con la boca.

–Gracias por el consejo.

Llegan a tu recamara. Mira en tu armario.

–¿Cómo? ¿Tiene usted más de un par de zapatos y tres trajes? ¿No cree que es mucho lujo? ¿No escuchó al presidente? Estos son otros tiempos. Lo mismo los zapatos y vestidos de su señora. De verdad que a ustedes los ricos les gusta despilfarrar, me cae. Y luego pura ropa de marca. Si la declaró y pagó impuestos en aduana, ¿verdad?

–La compramos aquí.

–Ah, no parece. Bueno, yo no sabría decirle. No voy a esas tiendas.

Te encoges de hombros.

–Bueno, creo que es todo –te dice–. ¿Vamos a hacerle como vez pasada? Le aviso de una vez que mi cuota ya subió. Ya sabe, la inflación está difícil y se viene Navidad y luego la cuesta de enero.

–Estamos en septiembre –le dices.

–Bueno, usted diga.

Le pagas lo que pide. Es la cuota para que ponga lo que vio y no lo que podría poner. Podría poner que tienes tres coches, un Tamayo en la pared, muebles italianos, ropa de diseñador. Podría poner las fotos que tomó en otra casa o de internet, podría poner lo que quiera y esa sería la verdad oficial y la base de tu declaración de impuestos.

También podría avisarle a sus socios, los mismos que te llevaron de paseo la última vez.

Mejor pagar.

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