Hola, soy Alberto Mansur, el niño que bulleabas en la primaria.

¿Te acuerdas de mi?

Yo te confieso que los últimos 34 años han pasado algunas semanas en las que no te pienso.

Pocas, la verdad, pero las han habido.

Ayuda a que te recuerde el siempre presente dolor en el cuello, secuela de esa golpiza que me diste en quinto de primaria en la que me hiciste un daño permanente en dos cervicales. Ah que pinche no me olvides, me cae.

Esa no fue la primera.

Esa no fue la última.

Esa fue solo la que me acompaña todas las mañanas cuando despierto entumido, adolorido, necesitado de estirarme poco a poco hasta convertir el dolor en molestia.

Tantos años después de entonces y todavía puedo cerrar los ojos y sentir tus puños sobre mi rostro, tus brazos levantándome por las axilas, estrellándome contra el medio muro que dividía los mingitorios y los lavabos del baño.

BAM.

BAM.

BAM.

Caí al piso, casi inconsciente, pero no del todo. Al menos no lo suficiente como para no sentir tus patadas.

La golpiza terminó cuando un tipo de la secundaria entró al baño y te detuvo. Me llevó cargando a la enfermería. Sé que él ya no se acuerda, pero a mi no se me olvida que le debo la vida.

No recuerdo por qué fue que peleamos. Tampoco importa. Las razones entre nosotros siempre fueron lo de menos.

Más bien la razón siempre fue la misma: Yo era débil, inseguro, de estatura pequeña, delgado, orejón; pero siempre dispuesto a defender mi dignidad con mis pequeños puños y mis limitadas habilidades.

Yo era presa fácil.

¿Y tu? Tu te alimentabas de mi miedo, de mis lágrimas. Mi sufrimiento te hacía sentir fuerte, poderoso, superior.

Terminada la primaria dejé atrás al Colegio Hamilton y a ti. Bueno, no. Dejé atrás a tus puños. A ti no. A ti te llevo conmigo todavía…

Sin querer he sabido de ti a lo largo de los años.

Un rumor aquí. Otro allá. Chismes que cuentan conocidos en común de entonces y ahora. Encuentros fortuitos con uno que otro miembro de tu familia. Notas periodísticas.

No lo sé, la verdad, pero parece que no la has pasado bien, que la vida ya era dura contigo cuando éramos niños y que hubo momentos en que se puso peor.

Me contaron que tu padre te pegaba fuerte y seguido, te insultaba, te maltrataba.

Me contaron de las escuelas de las que dicen que te corrieron, del internado militar al que te mandaron, de como no hubo universidad en México que te recibiera.

Me contaron que las drogas y el alcohol llegaron temprano a tu vida y que te cogieron con fuerza.

BAM. La boda al vapor en Las Vegas con una cantante.

BAM. El divorcio por violencia, drogas, alcohol.

BAM. Las entradas y salidas a centros de rehabilitación, las recaídas.

La gente venía y me contaba creyendo que me daría gusto saber que la vida te estaba cobrando las facturas.

La verdad es que no. Ni poquito gusto.

Más bien tristeza.

Esas facturas que la gente me decía que pagabas eran caras, muy caras, muy pinches.

Lamento que la vida te haya tratado así.

Con el tiempo, con la experiencia, con lo que he vivido me doy cuenta de que así como yo era tu víctima, tú también eras una víctima; que la violencia no era otra cosa que el reflejo de lo que tú también vivías, de tu frustración, de tu furia.

Lo sé porque lo viví, porque estuve a punto de ser tu.

¿Sabes? Creo que esa golpiza fue uno de los grandes catalizadores de mi vida y, a la distancia, te la agradezco.

Verás, tras recuperarme de los moretones, la cortada en el labio y en la ceja, durante alguna de las sesiones de rehabilitación y quiropráctica para las cervicales, decidí que nunca nadie más iba a lastimarme como tu lo habías hecho.

Aunque me fuera la vida en ello, nunca mas.

Conseguí que un policía judicial me enseñara a boxear y a pelear sucio. Practiqué Judo tres o cuatro años. Fui a un par de clases de lima-lama que no me convencieron. Compré un costal de arena al que golpeaba a diario imaginando que era tu cara, tu cuerpo, que eras tu y no yo quien estaba tirado en el suelo recibiendo las patadas.

Conforme iba aprendiendo a pelear y mi cuerpo era más fuerte, empecé a abusar de ello. Estaba participando del círculo de la serpiente.

Hasta que empecé a hacer KarateDo y ahí, Sensei Esteban hizo las veces de señor Miyagui.

—¿Pegar? Cualquiera puede aprender a pegar. Aquí se viene a aprender a no pegar.

—¿Romper huesos? ¿Que se gana rompiendo huesos? Aquí se aprende a reparar, no a destruir.

—Deje su día afuera. Al dojo se llega como jarra vacía a llenarse de agua. Es más, hoy vamos a hacer las cinco Heian kata. (Heian quiere decir paz).

Podría escribir cientos de lecciones con las que Sensei Esteban fue reparando mi alma mientras entrenaba mi cuerpo. A él le debo no haber tenido que usar nunca más los puños para demostrarme a mi mismo mi valor. Arigatō gozaimashita, Sensei.

También supe hace un par de años que ahora estás mejor, más sobrio, más tranquilo. Me alegro.

Hoy que escribo esto lo hago en la víspera de Yom Kippur, el día del arrepentimiento para nosotros los judíos.

Para mi estos días siempre han sido de reflexión sobre lo que he hecho mal hacia mi prójimo y cómo puedo reparar el daño. Han sido días en los que pienso en mis errores y cómo no repetirlos.

Pero he dejado fuera una parte importante de este día: el perdón. Casi nunca pienso en aquellos a los que debo perdonar, y eso está mal.

El perdón no es sólo la absolución del pecado del otro. El perdón es el bálsamo con el que podemos curar y sanar nuestras heridas. No es sino hasta que perdonamos y dejamos ir los agravios del pasado, que podemos disfrutar plenamente nuestro presente con miras a tener un buen futuro.

Así que te perdono.

Te perdono de corazón y nunca más volveré a pensar en ti de forma negativa.

Te perdono y te deseo que tengas una vida plena, llena de bendiciones, de felicidad, de paz. Eso, sobre todo: te deseo paz.

Sobre el Autor Alberto Mansur

Abogado litigante en derecho mercantil y civil. Llevo pleitos de negocios. Autor de #LoQueMataNoEsLaBala. Dueño del #PrietitoEnElArroz. Lavo y plancho ajeno.

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