Aquí sigo. Aquí seguiremos.

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Hola, ¿me recuerdas? ¿No? Somos viejos conocidos aunque tu y yo hemos cambiado mucho a lo largo del tiempo. Tal vez por eso no me reconoces.

La primera vez que nos vimos fue cuando decidí separarme de ti. Salí de la casa de mi padre en no muy buenos términos, hice un pacto para mi y mi descendencia y marqué mi cuerpo para distinguirme de ti.

Nos vimos, tiempo después, cuando interpreté tu sueño y me invitaste a vivir en tu tierra con mi padre y mis hermanos. Como pasa siempre en estas cosas, la arena del tiempo borró de tu memoria lo buenos que fuimos el uno con el otro y decidiste hacerme tu esclavo. No sería la última vez.

Cuando me deshice de tu yugo, no sin antes hacerte sufrir, me perseguiste hasta la orilla del mar en un intento por someterme de nuevo o arrojarme al agua. Tampoco sería ésta la última vez.

¿Aún no me reconoces?

Aprendiste griego y viniste a mi tierra con sed de conquista. En esa ocasión venciste. Destruiste mi templo y me obligaste a desperdigar mi pueblo como semillas al viento. Venciste, pero sobreviví.

Reconstruí mi templo, regresó mi gente. También volviste tu, pero ahora hablabas latín. Nuevamente hiciste la guerra contra mi y venciste. Sobreviví de nuevo.

-¿Griego? ¿Latín? Eso hace tanto que no lo recuerdo -me dices, pero yo no olvido.

Quizás un ejemplo más reciente.

En 1492 descubriste otro continente. También unificaste tu reino y decidiste expulsar a los que teníamos ideas distintas. Ser diferente se volvió peligroso.

Tuve que mudar mi casa, cambiar mi nombre. A veces, esconder mi fe. De nada sirvió. Me perseguiste, confiscaste mi propiedad, me quemaste en plazas públicas.

Sobreviví, si, pero ya no era el mismo. Ahora tenía miedo.

-¿1492? Eso fue hace más de 500 años, -te quejas. Tu memoria no es tan larga. La mía si.

Hace no mucho, hace menos de un siglo, decidiste que ya estabas cansado de mi. Acabarías conmigo de una vez por todas.

Inauguraste campos de exterminio y sistematizaste mi destrucción. En ese entonces ya eras políglota pero te expresabas mejor en alemán, polaco y ruso. Algo sabias de inglés y francés.

Sobreviví de nuevo, ya ves, obstinado que es uno en eso de no desaparecer. Volví a cambiar. Aprendí mi lección. Deje de tener miedo.

Tal vez por eso hoy no me reconocías, aunque puedo ver en tu rostro que ya sabes quien soy.

Que bueno que ya me reconoces. Si, soy ese que no agacha la cabeza, que no pone la otra mejilla. Soy ese que ya no sale corriendo de su casa, que ya no sube pasivo a tus trenes de la muerte. Soy ese que se sabe fuerte. Soy ese que no tiene miedo, que no se dobla ni se rompe.

Soy ese y vine a decirte que aquí sigo, que aquí seguiremos. Que nunca más.

Sobre el Autor Alberto Mansur

Abogado litigante en derecho mercantil y civil. Llevo pleitos de negocios. Autor de #LoQueMataNoEsLaBala. Dueño del #PrietitoEnElArroz. Lavo y plancho ajeno.
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