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No soy un tipo fácil. Los que me quieren lo saben, a veces también lo sufren. 

Siempre he sentido mi cuerpo como un rehén de mi alma curiosa, insatisfecha, sedienta de más, siempre más; impaciente, incapaz de estar en un mismo sitio, de atender una única cosa, de quedarse quieta, de escribir un texto a la vez. 

Mi mente me ha parecido eternamente diminuta para contener el torbellino de mis ideas, la lluvia de estrellas constante, fulminante, que todo lo ilumina por instantes breves y después apenas queda el lampareo, el deslumbrón de pensamientos cubiertos de polvo sideral que se iluminan de nuevo con la llegada de más astros fugaces cayendo. 

Todavía me pasa.

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La mía es una búsqueda constante, continúa, cruel, sin cuartel ni tregua ni paz, por aquello que me crezca, amplíe mi horizonte, engrandezca mi entender y satisfaga, acaso brevemente, mi curiosidad insaciable. 

La vida la he llevado sin más reglas que las que he escogido para mi (aquí están). Sin creer en más religión que aquella que convence a mi razón y se burla de los ídolos ajenos, hechos de barro, de telarañas, supersticiones, de mitos y supercherías hijas de los miedos e ignorancia del pasado. 

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Por años me miré al espejo lleno de dudas, preguntando si había alguien más afuera que fuera como yo. Tal vez había una tribu perdida a la cual secretamente pertenecía, siempre con la certeza de que no, de que era yo solo, que la revolución que luchaba era entonces, como lo es hoy, una revolución mía, una revolución de uno. 

Y si, y no. 

Es verdad que soy uno, como también es verdad que hay más unos. Que allá afuera hay muchos y tantos revolucionarios de uno. 

Esta va para ustedes. 

Para los que aman como debe amarse, desbocada, desenfrenada, desmedidamente; a sí mismos, a los demás. 

Los que no encajan, no embonan, no cuadran. 

Los que saben que el bien y el mal no están sujetos a votación, los que descreen de la razón de la mayoría. 

Los que sueñan con los ojos abiertos y vuelan con los pies en la tierra. 

Los que nunca han querido ser, sino que siempre han sido. 

Los que escuchan —No se puede— y es como si oyeran —A ver si puedes, te reto.

Los que miran la luz al final del túnel y corren hacia ella sin importarles si se trata de la salida o de un tren que viene en sentido contrario. 

  
Los que son el rayo de sol que penetra la nube gris de la tormenta y también son la tormenta, la lluvia, el relámpago que cruza el cielo, el trueno que estremece la tierra. 

Los que se saben cisnes en estanques de patos desde mucho antes de que sus plumas se tornaran blancas y sus cuellos de estiraran. 

Los que no son la oveja descarriada ni la negra ni ninguna otra porque nunca han sido parte del rebaño, ni ovejas siquiera. 

Los soldados del ejército del silencio estridente. 

Los que llevan la música del flautista de Hamelin flotando en sus labios, los que bailan su propio son, los que llevan su propia canción. 

Los que están solos en una multitud. 

Los que se bastan a sí mismos. 

Los que miran al miedo de frente y le pelan los dientes. 

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Los que prefieren brillar, arder, consumirse en su propio polvo de estrella a apagarse en el hoyo negro de la corriente. 

Los que prefieren las preguntas a las respuestas. Los que llevan un eterno —¿Por qué? —en la boca. Para los que las respuestas engendran más preguntas en un círculo virtuoso que se expande a la velocidad de la luz y al tamaño del universo mismo. 

Los que no temen al infierno porque ya han estado ahí antes y no vieron nada que llamase mucho su atención. 

Los que de niños llegaban a casa con las rodillas sucias de pasto, de mugre, de tierra; a veces de sangre también. 

Los exploradores de patios traseros, terrenos baldíos y parques. 

Los pescadores de sueños que se sientan en la cuenca de la luna nueva. 

Para los revolucionarios de uno. 

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Sobre el Autor Alberto Mansur

Abogado litigante en derecho mercantil y civil. Llevo pleitos de negocios. Autor de #LoQueMataNoEsLaBala. Dueño del #PrietitoEnElArroz. Lavo y plancho ajeno.

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