Cumplir 40, primera década.

Hace unos meses, en septiembre, cumplí 40 años. No quise escribir ese día, ni en los días inmediatos, porque quería pasar tiempo en ésta nueva piel antes de poner tinta al papel sobre ella. No sé. Como que tenía que darle unas vueltas al carro para ver si me gustaba y si, me gusta.

Cumplir 40 años es raro.

Es saber que estoy, si no justo en el medio, si muy cerca, hacia arriba o hacia abajo, del medio de mi vida.  No sé si viviré otros cuarenta años. Puede que si. No sé si viviré más o menos de otros cuarenta años. También puede que si.  Insisto, es raro.

El tiempo pasa inexorablemente.

Quiero dejar constancia aquí de ciertas cosas de mi vida que hoy recuerdo con nostalgia, antes de que las olvide. Voy a hacer una entrada por cada década, algunos años más, algunos menos.

Mis papás y yo vivíamos en una casa, el número 44 de Fuente del Pescador, en la colonia Tecamachalco que inventó FRISA en los setentas y que, en ese entonces, era el fin del mundo o, al menos, el fin del poniente de la ciudad.  

Bosques de las Lomas, Interlomas, Santa Fe; nada de eso existía. 

Ciudad Satelite, hacia el norte, también apenas arrancaba y el periférico era, de verdad, una vía rápida.

Las torres de Satelite

Tres años después llegó mi hermano Joseph y unos pocos años antes de irnos de ahí, a mis nueve, mi hermana Daniela.

En ese entonces los niños salíamos a jugar a la cuadra … y vaya que salíamos.

Joseph (fiel compañero de todas mis aventuras y desventuras), Mauri, Jesus, Rodrigo, Ana, Erika, Ursula, la otra Ana, Nuri, David; esos eran los chicos del barrio.

Con ellos explorábamos los muchos terrenos baldíos que nos rodeaban.

Junto a mi casa había uno que 15 años después fue convertido en el Parque Maimonides, al que salía yo a jugar con mi perro Turrón, un setter irlandés que me daba todo el cariño del que es capaz un hermano de 4 patas.

En frente vivía Mauri en una casa de techo de lámina desde la que Chucho, su papá, vendía Jarritos y Titanes. Ese era otro baldío inmenso que hasta mazorcas tenía y, entre ellas, jugábamos a las escondidas.

Unas cuadras hacia atrás, dónde vivían Ana y Ursula, había una especie de monte en el que escalábamos para ahorrar toda la vuelta de subir al Bulevar de la Luz, el parque de la colonia.  Ya después le pusieron escaleras y nunca fue lo mismo.

Llegábamos a casa con los tenis Panam, o Dunlop o Canada (no habían ni Nike, ni Adidas, ni nada de lo que hay hoy) sucios de lodo, descosidos o rotos. Los jeans Lee, Levis, Jordache, Sason; igual.

Los míos eran azules, se ensuciaban menos.
No recuerdo más de dos veces en que tuviéramos que interrumpir lo que fuera que jugábamos para dejar pasar un coche y todos salíamos sin que ningún adulto nos acompañara. Así era la vida entonces.

La calle era muy empinada, como si los muchachos de FRISA la hubieran diseñado pensando en la pista que sería para el carro deslizador Avalancha que haría las veces de Halcón Milenario desde el día en que llegó a mi casa como regalo de cumpleaños hasta el día en que nos mudamos de ahí. Nunca he tenido oportunidad de agradecérselos. Gracias, chavos.

Halcón Milenario, versión Avalancha. Chewie y Han no le sacaron tanto jugo al suyo como Joseph y yo al nuestro, me cae.
En ese mismo cumpleaños mi mamá me llevó con mis amigos de entonces (Toñito, Daniel, Marcos, Jano, Leba y Fidel) a ver The Empire Strikes Back, mi pelicula favorita de entonces y de hoy. Gracias, Jefa. Eres grande. Te quiero.

La vimos en el cine Ariel, que era inmenso. Tanto que donde antes había una sala, después pusieron tres. En la dulcería vendían Bonafina, un agua azucarada pintada de naranja que no tenía nada de buena o de fina pero que a mi me sabía a néctar de los dioses. 

Afuera, sobre Ejercito Nacional, se ponían dos (¿o tres?) puestos de ambulantes que vendían juguetes y chafaldranas relacionadas con la pelicula. Yo compré un “Darbeider” y un “Arturito”. No duraron ni un mes.

El caso es que nos montábamos en la Avalancha en la cúspide de la bajada. Me encomendaba yo a la Fuerza (y Joseph, que cuando yo decía —¡A la carga mis valientes, vamos!—, el iba y ya a medio camino, me tomaba de la mano y me decía —¿A dónde, Al?—, venía prensado a mi y creo que se encomendaba a esa extraña y del todo infundada creencia de que yo sabía lo que estaba haciendo) y sobres. Éramos un bólido que seguro habría hecho el Kessel Run en menos de 12 parcecs.

De milagro nunca encontramos una coladera abierta o un coche en nuestro camino. Ni casco traíamos y todavía atesoro algunas cicatrices de los raspones de entonces. Heridas de guerra.

El camión pasaba por nosotros para ir a la escuela a eso de las 7:30. Lo recuerdo porque el día del temblor, éste nos agarró despidiendonos de mi mamá y fue a las 7:19. 

Teníamos que caminar dos cuadras, a la misma cúspide desde la que nos lanzábamos a la muerte, para que ahí nos recogiera y emprendiéramos el camino a esa sucursal del infierno en la tierra que tuvo a bien llamarse Colegio Hamilton.

La verdad es que no todo fue malo ahí, pero si mucho, o por lo menos para mi, que fui buleado por mi diablo personal.  En fin, esa es otra historia que otro día contaré.

En ese entonces una moneda de cien pesos alcanzaba para comprar en la cafetería unas papas, un bubulubu y un rasapadito, o un frutsi o un boing de triangulito. En el patio del colegio había un teléfono público que costaba veinte centavos por tres minutos. Las dos veces que lo usé, fue para llamar a mi mamá para saludarla.

Ahí, en el Hamilton, inicié mi guerra contra la tarea y conocí a mi nemesis, Maripaz, vicaria de Elba Esther en la tierra. También ahí empezó mi gran amor por la música. Fui parte del coro y hasta grabamos un disco.

Aquí, casual, ventaneando el pasado musical de algunos cuates.
Después, como en cuarto de primaria, el coro se convirtió en estudiantina y fue increíble. 

Íbamos cada año un fin de semana a Guanajuato a cantar, callejonear, pasar una noche junto a la fogata. Viajábamos sin papás, nos quedábamos en el Real de Minas y era todo un orgullo ir llenando la capa de listones.

Un día en el recreo mi amigo Leba llevó un walkman y me dijo –Escucha–. 

De los audífonos salió la guitarra, después la batería y el bajo, luego la voz de Cerati cantando:

“Yo te prefiero

Fuera de foco

Inalcanzable

“Yo te prefiero

Irreversible

Casi intocable

“Tus ropas caen lentamente

Soy un espía, un espectador

Y el ventilador desgarrándote

Sé que te excita pensar hasta donde llegaré

“Es difícil de creer

Creo que nunca lo podré saber

Sólo así yo te veré

A través de mi persiana americana”.

iPhone, I am your father.
… and I am your mother.
Estaba yo enganchado.

Desde entonces me hice adicto a Soda Stereo. Todavía lo soy. Nunca más escucharía yo la espantosa música baladista que oían mis papás (seguro un día mis hijas dirán lo mismo de la mía) y poco a poco me fui alejando de lo que cantábamos en la estudiantina. Gracias, Leba. Neta, gracias.

Por esa época también mi primo Beto y yo nos metimos a escondidas al cuarto de Sury, su hermano, y me puso “The number of the Beast” de Iron Maiden. No me lo podía prestar. Si Sury se enteraba nos habría matado. No quedaba de otra más que comprarlo.

Tenía yo 8 años, ¿verdad que está tierno?
La oficina de mi papá, en las calles de Romita y Cuauhtemoc, tenía en la esquina una tienda de discos y yo ahorré tres semanas para poder comprarlo. Fue el primero. También fue el último de Iron Maiden, lo demás que hicieron no me gustaba. 

El caso es que venía yo subiendo corriendo por la escalera, disco en mano, y me tropecé. Se hizo añicos. Lloré como nunca había llorado. La pérdida era casi física.

Mi papá bajó a la escalera, me levantó a mi, a mi llanto y a mi pérdida, me recostó en su hombro, me abrazó, me besó y me dio una de las grandes lecciones de mi vida. –Alberto, las cosas son de uno, no uno de las cosas. Es feo cuando uno pierde algo, pero ese algo, casi siempre, se puede reponer.

Tenía razón. 

Tres semanas más tarde volví para comprar el disco, pero me fui con el Thriller de Michael Jackson en vez de ese y nunca jamás extrañé el de Iron Maiden. El Thriller sigue siendo de mis favoritos.

No, yo tampoco entiendo cómo un disco tan chingon tenía una portada tan pinche.
Por la calle circulaban los coches más feos de los que se tiene memoria: El Dart, el Brasilia, el Crown Victoria, el Datsun, el Lebaron (que hasta hablaba) y algunos de los más padres también: El Pacer, el Gremlin, el Caribe, el Renault 18.

¡Pacer! Varios de ustedes me deben un golpe en el hombro.
Los sábados mi abuelo José pasaba por José mi primo, Joseph y yo y nos llevaba al templo dónde desayunábamos después del rezo. De ahí íbamos a ver a su mamá, la abuela Zekíe, donde volvíamos a desayunar y comíamos de los higos en almíbar y las roscas de anís que hacía ella misma. Eran un manjar.

Luego era hora de trabajar: ir a las tiendas de sus hijos o a cobrar las rentas a sus inquilinos.

Por la tarde nos llevaba a comer, luego a la Feria de Chapultepec y sus juegos mecánicos: el martillo, el ratón loco, los coches chocadores, el ciclón, la rueda de la fortuna.

Algunos años después abrió Reino Aventura cuya mascota era el dragón Cornelio y la atracción principal eran Keiko, la Canoa Karakatoa, la Casa del Tío Chueco y el Cíclope. No sé cuales de estos sobrevivan ahora que es un Six Flags. 

Mi abuelo nos llevó una vez. En la Canoa Karakatoa perdió su peluquín que salió volando y nunca más volvimos ahí con él. Tampoco nunca más usó peluquín.

Un año después cambie los sábados con mi abuelo por los sábados en Macabi.

Los domingos por la mañana veíamos en la televisión Odisea Burbujas y Chabelo. A medio día podía uno ir a pasear en su bicicleta (Bimex, Benoto o Apache) a la primera sección de Chapultepec o alrededor del Estadio Olímpico de CU o a jugar a He-Man y los Amos del Universo en el jardín volcánico que estaba igualito a como yo me imaginaba era el Castillo Greyskull.

También podía ir uno a Escatorama (no sé si se escribe así, jajaja) a patinar en hielo o a Divertido (el parque de diversiones junto a Escatorama) cuyos juegos no eran mecánicos sino que tenían la telaraña, las nueves, las cascadas, el túnel del tiempo y la casa embrujada. Si no sabes de qué juegos estoy hablando, no te los puedo explicar, tenías que haber estado ahí.

Las cascadas. Bajaba uno en costales.
El museo de cera era grande. Benito Juárez, Cantinflas, Jacobo Zabludovsky con sus audífonos inmensos sobre las orejas y su escritorio que decía “24 horas”, Dracula, el Hombre Lobo, R2-D2 y C3PO. Todos tenían una figura ahí. Después lo combinaron con un museo de Ripleys y valió madre.

Después, si corríamos con suerte, íbamos a comer una Dinoburguesa al Burger Boy, aunque mis papás preferían ir  al Tomboy de Palmas porque el Vips de junto era donde todos sus amigos se reunían a tomar café.

No, no había McDonalds ni Burger King ni Starbucks.  De hecho, cuando McDonalds abrió su primera tienda en México, la que todavía está sobre Periferico por el Pedregal, las colas para el Automac eran de hora y media y para comer en el restaurante de dos o tres. Igual íbamos. Cuando abrió el de Interlomas y el de Polanco, eran los lugares para que los pubertos de entonces fuéramos de ligue. Ahí o a la entrada de Tecamachalco o al Mixup de Pabellón Polanco. Pero me adelanto.

Las pizzas eran de Happy’s, cuadradas y tardaban hora y media en llegar o de Shakeys que no entregaba a domicilio pero que tenía las mejores papas fritas empanizadas que he comido en todo mi existir. Tampoco había Dominos Pizza, ni Pizza Hut, ni ninguna de las cadenas.

Éste era el de Acapulco. Después lo tiraron y ahí pusieron el Medusas. Hoy es un Starbucks
Un paseo de domingo maravilloso era cuando íbamos al Contigo Pan y Vino que estaba en la entrada de Tecamachalco a comer fondue, luego nos cruzábamos por un helado de Danesa 33 que servían en cascos de futbol americano (y que se decía en el bajo mundo Infantil que su helado de piña era de pipi) y terminábamos en la Juguetería Ara de esa misma cuadra viendo lo que pediríamos de cumpleaños. Tal vez un juego de química Mi Alegría, un Tirapapas, un 2XL, un hombre elástico, un carrito de Hot Wheels, un cubo de Rubick, un muñeco del Hombre Nuclear o de GI Joe o de He-Man o de Star Wars. Ya ni el Contigo, ni Danesa, ni Ara existen. Ahora hay un Vips ahí.

Y hablando de cumpleaños, el cumpleaños en Helens de Plaza Satelite era un clásico, con todo y la luz de bengala en el pastel de crema batida que después el mesero te estrellaba en la cara o en el Show Biz Pizza Fiesta de Avenida Universidad donde había una inmensa alberca de pelotas en el corazón de un laberinto y tenía un show de Billy Bob, un oso mecánico, que era casi tan malo como su pizza fría que te comías como si fuera lo mejor que podías haber probado en toda tu vida.

Lo mejor de Showbiz eran los videojuegos: Pacman, Galaga, Frogger, Donkey Kong, Burger Time, Q-Bert. 

Ah, los videojuegos. 

Aunque mi verdadero amor digital llegaría a los 13 o 14 años con el Nintendo, la felicidad que trajo el Atari consigo fue maravillosa y ahora ha vuelto a mi gracias a mi esposa que me ama tanto aunque sea yo un geek nostálgico.

Gracias, mi vida. Te amo.
Conectar el Atari a la televisión era todo un reto de ingeniería y es que las teles de entonces no eran, ni con mucho, como las de ahora.

En la casa había dos, una en el cuarto de mis papás y otra en el estudio. Ninguna tenía control remoto y solo podía verse la televisión abierta.

El Chavo, KITT, El Hombre Nuclear, Magiver, Señorita Cometa, los Thundercats, los Transformers, Ahí Viene Casacarrabias, XE-Tu, el Maleficio, Cuna de Lobos, Mazinger Z, Chiquilladas, la Carabina de Ambrosio (ah Gina Montes), el tío Gamboin (del que me hice sobrino en el hipódromo), Rogelio Moreno (donde nos veamos, así nos saludamos), los Dukes de Hazard, Don Gato, los Picapiedra; todos ellos adornaron la pantalla chica que por las mañanas amanecía con las barras de color para ajustar la imagen y que tenía que ser encendida, apagada, cambiada de canal y subida o bajada de volumen con una perilla.

En ese entonces me gustaba más el General Lee que Daisy Duke.

Bueno, no, no siempre fue así. En algún momento, poco despues del temblor, la vieja televisión de mano fue sustituida por una de control remoto que solo la prendía y apagaba. Cuál sería mi sorpresa cuando llegué de la escuela y me encontré a la señora del aseo hincada, rezando frente al aparato.  Estaba espantada porque se había encendido sola y juraba que era obra del diablo hasta que le mostré que cuando ella limpiaba el control y apretaba el botón, la tele se activaba.

Después llegó a la casa Cablevision, con un control que, literalmente, tenía un cable conectado al descodificador. Con eso llegó también la televisión americana y, más adelante, la videocasetera.

Era igualita a esta. Creo que mi papá todavía la conserva en la bodega de su casa.

Recuerdo que cuando mi papá llegó a la casa con la Betamax mi hermano le preguntó si se la regalaba cuando se muriera. Mi papá dejo la Beta en la cama, nos llevó a la biblioteca y nos dijo —Lo único que les voy a dejar cuando me muera es un buen nombre, lo que está en estos libros, su educación, y haberles enseñado a ser gente de bien. Lo demás se lo tienen que ganar ustedes—. Es una de las grandes enseñanzas de mi vida. Le sigo sacando jugo. Gracias, Jefe. Te quiero.

La verdad es que tuve una infancia feliz y acordarme de ella tantos años más tarde hace que el corazón se me llene de dicha y agradecimiento. Qué bonito es lo bonito.

Sobre el Autor Alberto Mansur

Abogado litigante en derecho mercantil y civil. Llevo pleitos de negocios. Autor de #LoQueMataNoEsLaBala. Dueño del #PrietitoEnElArroz. Lavo y plancho ajeno.

3 comentarios

  1. Gracias Alberto por hacerme recordar lo vivido con mis hijas, un saludo a toda la familia, y aprovechó para desearles un año nuevo lleno se salud y nuevas experiencias.
    tobi

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