Qué buena está.

Si le hacía el favor. Con dos chupes más, hasta se las pedía.

Es cancha reglamentaria.

Ya alcanza la luz.

O sea, si está buena, pero ¿y después de coger, qué? No hay eternidad más larga que el camino de regreso a su casa.

Wey, esa vieja siempre trae esa faldita a los exámenes órales. Seguro cuando se traba, le aplica la técnica Basic Instincts a los sinodales.

Todo el semestre echa la hueva y a la hora del examen oral, saca diez. Ya me imagino el oral que dio.

Esas viejas que vienen a la universidad de MMC’s nada más echan a perder la curva de todos.

En el primer semestre dices —Pinche vieja bigotuda—. Ya para el quinto te da el síndrome de Piolin y dices —Me pareció ver una linda gatita.

Llega un momento en la peda en qué te das lo que sea. Estás en estado de —No te quiero, pero te necesito.

Me cae de pelos, es buena onda y coge rico, pero ya pasaron tantos por ahí que ni pedo, es vieja de un ratito.

Abusado, wey. Esa vieja es bien lista. Te da diez y las vueltas.

El pedo de contratar mujeres es que se embarazan y tienes que pagar tres meses sin que trabajen y luego les da nostalgia el bebé y se van y toda la capacitación y esos tres meses se van a la mierda.

Esa magistrada revive su divorcio en cada caso que resuelve, por eso es culera con los hombres.

Esa se casó por la lana. Ya sabía desde novia que ese wey era así e igual se casó. ¿Ahora qué anda chillando?

Si te contrato, ¿no vas a salir después con que me caso? ¿Verdad?

Ponte falda, le enseñas las piernas al secretario, le sonríes y le pides que nos haga el paro.

Cuando vayas a ver a ese juez, te vistes discreta porque si no, se va a pasar todo el tiempo viéndote el escote y no va entender nada de lo que le vas a explicar.

La lista es eterna. Podría seguir y seguir y seguir y seguir.

Todas estas son frases que he dicho o me han dicho mis amigos. Algunas de ellas, también me las han dicho mis amigas. Todas son reales. TODAS.

Un amigo en la universidad desarrolló el “cubometro”. Era una escala de cuantas cubas necesitabas traer encima para “darte” a una chava. Todas nuestras compañeras tenían su ranking en el cubometro. Yo no lo inventé y yo tomaba vodka, no cubas, pero también contribuí al cubometro. Es más, lo exporté a mi grupo de amigos y todas nuestras amigas de ese entonces también estaban rankeadas. El cubometro. No mames, el cubometro.

Otra lindura era la pasante con el sobre. —Se lo entregas en propia mano al licenciado X—. En el sobre solo una nota que decía ‘Mira mi pasante nueva.’— Recibí seis o siete de estos sobres de mis amigos en corporativos. No mandé el mío, no por falta de ganas, sino porque el tiempo de mis pasantes era muy preciado para mi. El tiempo. No su dignidad. El. Tiempo.

Ya ni qué decir de la sabroseada. En la explanada de la Ibero, en los restaurantes de Polanco, en los antros, en las calles, en las tiendas, en los parques y las banquetas, en el deportivo, el metro.

Donde fuera.

Dónde sea.

Mirar y admirar el físico de una mujer es casi automático. —Lo que está a la vista, está a la vista—, he dicho. Y bueno, en mesas con amigos, vaya, es de rigor interrumpirnos los unos a los otros a medio chiste, historia, anécdota u argumento cuando va a pasar una niña para que la veamos y comentemos.

Yo nunca he sido violento con una pareja, pero sé de quien si lo ha sido, lo es, y nunca he dicho nada ni ha cambiado mi relación con ellos. Ni qué decir de todos de los que no sé, pero sospecho. Hoy me siento un cobarde, peor, un cómplice, pero no sé bien qué haré al respecto.

—Éstas últimas semanas me han hecho abrir los ojos. A las mujeres les cuesta el doble de trabajo lo que los hombres damos por hecho. No mames. No se vale.

—¿Qué tanto tiene que ver tu indignación con que seas papá de hijas?

—Muchísimo. Tal vez la mayoría, pero no es todo. Me agravia en mi sentido de justicia, del deber ser.

—Es un buen comienzo.

Soy un hombre blanco privilegiado, producto y beneficiario del heteropatriarcado, pero estoy en rehabilitación. Como todas las rehabilitaciones, el primer paso es admitir el problema. El segundo es ofrecer mis sinceras disculpas. Paso a paso. Un día a la vez.

Sobre el Autor Alberto Mansur

Abogado litigante en derecho mercantil y civil. Llevo pleitos de negocios. Autor de #LoQueMataNoEsLaBala. Dueño del #PrietitoEnElArroz. Lavo y plancho ajeno.

4 comentarios

  1. Hola! Soy amiga de tu hermana Daniela. Te sigo desde hace tiempo. No siempre concuerdo contigo pero siempre me pareces auténtico. Hoy, más que nunca leo en tus palabras que las has escrito desde el ♡. Yo también tengo una situación de privilegio al haber nacido mujer, blanca, en un nse favorecido y desde este mi lugar de privilegio te digo que por mi parte quedas disculpado. Y yo a mi vez pido disculpas a quienes no tienen, como yo la opción de ir por la vida seguras de tener un techo, comida, y la posibilidad de perseguir en “libertad” “seguridad” “derechos”, “respeto” . Una disculpa a quienes viven día con día violencia, discriminación, hambre. Asi con una cadena de humildad podremos tal vez reparar nuestras heridas y después reconstruir un mejor planeta. Gracias Alberto

    Rossy Faisal

  2. Creo que muchos nos identificamos contigo, así es en la universidad o incluso en el trabajo.

    En mi defensa puedo decir que así me educaron, las mujeres, en este caso mi madre y hermanas siempre estuvieron para servir a los hombres de la casa, a nosotros nos tocaba el trabajo duro de campo, barbechar, arar, cosechar alfalfa, empacarla y subirla a los camiones, manejarlos y entregar el producto en diferentes puntos fuera de la ciudad, y por supuesto parrandear, porque éramos hombres.
    Hasta después de que mis hermanas se fueron tras de nosotros para estudiar me tocó que una de ellas me reclamará,- que ya no estaba para servirme en la casa – para mí fue una especie de shock, ese comentario estaba contranatura, algo para lo que no fui educado, como si ya no fuera amanecer o anochecer, me explico? Había vivido todos esos años con algo que para mi era lo más “normal”, así me habían enseñado toda mi vida. Allí fué cuando empecé a distinguir las responsabilidades de uno como hombre.

    Para esas alturas ya no era que las necesitaramos, porque la verdad es que una ves que vives en rancho y estás solo, aprendes porque aprendes la cocina, si no, pues no comes y punto.

    Ya cuando tienes esposa y familia aprendes a repartir el trabajo y apoyar en la casa, aunque las tareas fuertes siguen siendo de uno, pero todo eso se compensa al ser apapachado por tu familia.

    El “taco de ojo” siempre va a existir, pero cuando ella dice NO es NO. También ofrezco unas sinceras disculpas a quien se haya sentido agraviada alguna vez por mi comportamiento.

    Saludos de otro macho en rehabilitación.

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