Diario de Marcha. Día dos. Varsovia y su ghetto.

En mi imaginación Polonia es un lugar gris, cubierto de nieve y piedras; con árboles negros, pelones, sin hojas, forjados en filosas y puntiagudas estacas; calles bardeadas, destruidas, con cráteres en el piso y vidrios rotos en las fachadas cubiertas de graffiti. Alambre de púas rodeándolo todo.

Las imágenes que llegan a mi mente son de las fotografías a blanco y negro o sepia que he visto de la Guerra, del ghetto. Son también algunas, todas ellas apócrifas, de edificios y calles construidas en el estilo arquitectónico brutalista que mi cabeza siempre ha asociado con el comunismo y los países que estaban detrás de la cortina de hierro.

La realidad de Varsovia me toma por sorpresa. Varsovia es hermosa. Varsovia es verde, verdísima. También es rosa, azul, roja, blanca, amarilla, morada, vino, anaranjada, negra. La visten cientos de parques, la adornan miles de flores y luces de colores.

Es prácticamente nueva. Edificios modernos, avenidas amplias, calles limpias y bien pavimentadas, alumbrado público abundante, comercios por todos lados. Tiene el sabor de una Europa en movimiento y un olor a progreso y prosperidad.

También es donde hace menos de un siglo habíamos 400 mil de los 3 millones y medio de judíos que vivíamos en Polonia, donde hoy no vivimos ni siquiera diez mil.

Durante cuatro siglos Polonia fue el centro de la vida judía del mundo y Varsovia la segunda ciudad de la judería polaca.

Todo cambió en 1940.

Las paredes del Ghetto se alzaron ese año. Tres metros de ladrillo. Vidrio roto sobre la piedra. Púas encima del vidrio.

Hoy visité lo que queda de ese muro. Apenas una pared pequeña dentro del patio de una vecindad de clase media donde en éste día soleado se oía el cantar de algunos pájaros de ciudad.

El trazo sin sentido ni lógica, llegando al extremo de ser necesario un puente entre una sección y otra, separadas por la vía del tranvía.

Hoy solo quedan las vías y un cintillo que demarca donde estaba el muro.

Los judíos son sucios, dijeron. Los judíos son piojosos, dijeron. Los judíos son corruptores, dijeron. Los judíos son focos infecciosos, dijeron. Los judíos son sub-humanos, dijeron. Encerremos a los judíos para proteger a la sociedad, dijeron.

Dijeron. Esto y más los Nazis dijeron.

La mayoría de los Polacos de Varsovia escucharon lo que los Nazis dijeron.

Lo escucharon como lo escucharon de algunos de sus curas, de algunos de sus nobles y aristócratas, de algunos de sus vecinos y amigos. Lo escucharon con un guiño, con el ojo puesto en esa casa, esa tienda, ese puesto laboral, ese sitio en la universidad, esa deuda aún sin pago, esos cubiertos de plata, esas botas de cuero.

Lo escucharon a sabiendas y a pesar y porque Yankel y Ana y Berel y Malke y Sholem y Lydia era su vecino, su amiga, su abogado, su enfermera, su sastre, su maestra, su panadero, su actriz favorita.

Uno de cada tres habitantes de Varsovia éramos judíos.

Aún y así, a veces y aún por eso, se encogieron de hombros y asintieron con la cabeza cuando los Nazis nos encerraron en el ghetto.

El ghetto.

El ghetto donde la comida nunca era suficiente, donde más de cien mil niños, mujeres, ancianos, jóvenes, adultos morimos de inanición apenas el primer año.

Estamos enterrados en un cementerio inmenso con árboles pelones en plena primavera.

El ghetto donde habíamos más enfermos que medicinas, donde los huérfanos vivíamos como animales salvajes, hurgando en la basura, robando, matando por comida, un poco de agua limpia para aplacar la sed del día, una cobija, un par de zapatos. Vivíamos así si acaso una semana.

Aquí el sustento de nuestras familia lo traíamos las niñas de entre siete y nueve años que podíamos escabullirnos por los hoyos en la pared o los túneles bajo ella y salíamos a robar o contrabandear. Para nosotras era más fácil, no teníamos un pene circuncidado que pudieran revisar.

Igual, cuando nos sorprendían o nos denunciaban nuestra esperanza era que todo parara en una bala por la espalda. No todas teníamos esa suerte. Muchas fuimos el juguete de guardias y reos en la prisión Pawiak.

Habitábamos todos los unos con los otros. Una, dos, a veces hasta tres familias por habitación; hasta diez familias en una casa, en un apartamento.

Los afortunados vivíamos en los baños, donde a veces teníamos agua a la mano. Otros vivíamos en una recámara, en una sala, en un pasillo. Abuelos, padres, tíos, primos, hijos, nietos, sobrinos. Cuatro, siete, doce personas por habitación, tomando turnos para dormir, para comer, para besarnos, para reír o llorar.

Y con todo, vivíamos.

Teníamos escuelas. Teníamos cinco compañías teatrales. Teníamos sociedades de beneficencia y ayuda mutua. Teníamos lugares para rezar. Teníamos movimientos políticos. Teníamos escuelas. Teníamos un hospital en el que teníamos que elegir a quien curar y a quien dejar morir. Teníamos orfanatos como el de Janusz Korczak que prefirió acompañar a sus 200 huérfanos a Treblinka que dejarlos morir solos. No sólo eso, los preparó para ello.

Vivíamos.

Vivíamos, hasta que aún esa miserable vida era demasiado para los Nazis.

En julio de 1942 habíamos de reportarnos para deportación a la Umschlagplatz.

Al principio nos ofrecieron agua, pan y mermelada. Podíamos llevar una maleta. Nos aconsejaron llevar nuestros valores, papeles, fotos. Era una reubicación permanente. Era un viaje sin regreso.

Y lo era. El destino de los trenes que salían de la Umschlagplatz era Treblinka.

Treblinka.

Esa fábrica de muerte que tardaba sólo dos horas en procesarnos. Dos horas desde que bajábamos del tren hasta que salíamos por la chimenea.

Los valores que llevábamos y hasta el oro de nuestros dientes y el cabello de nuestras cabezas y la grasa de nuestros cuerpos habían sido contabilizados y destinados a la gloria del Tercer Reich y al bolsillo de nuestros verdugos.

Trescientos mil judíos fuimos llevados a la Umschlagplatz. A rastras, arrestados, cazados como ratas en los edificios, en los túneles, en los búnkeres, en las cloacas. Trescientos mil en un año.

Hoy la Umschlagplatz es un monumento a todos los que ahí tomamos el tren hacia la muerte.

Hasta que dijimos hasta aquí.

El 29 de abril de 1943 dijimos que no podíamos evitar la muerte, pero podíamos elegirla. 700 judíos de unas cuantas decenas de miles que quedábamos aún nos levantamos en armas.

Bueno, no exactamente. Nuestras armas eran algunas pistolas, pocos y preciados rifles, balas de distintos calibres que una vez agotadas el arma serviría solo de mazo, bombas incendiarias y minas caseras.

Con eso los Nazis, el ejército más poderoso del mundo, tardó menos en conquistar toda Polonia, llegar a París, hacerse de Dinamarca y Holanda de lo que tardó en destruir el ghetto.

Repelimos ataque tras ataque. La policía polaca, la SS, la Gestapo. Infantería. Artillería. Tanques. Todo menos la fuerza aérea. Tuvieron que bombardear e incendiar el ghetto, destruirlo todo y aún así dimos una última pelea en la que morimos como lo escogimos.

Nosotros los judíos dimos el ejemplo al mundo. Nosotros, los sub-humanos destruimos el mito del súper-hombre Nazi. Sangraban, ardían, morían frente a los hijos de Joshua, de David, de Deborah, de los Macabeos, de Bar Kochba.

El número 18 de la calle Milá era donde estaba el cuartel central de las Idishe Kampf Organizatsia. Desde ahí nuestro comandante Mordechai Anielewicz nos dirigía.

De ese edificio hoy ya nada queda. Nada. Es un lote vacío con un memorial en el centro.

Y con todo, aquí sigo, aquí seguiremos.

Sobre el Autor Alberto Mansur

Abogado litigante en derecho mercantil y civil. Llevo pleitos de negocios. Autor de #LoQueMataNoEsLaBala. Dueño del #PrietitoEnElArroz. Lavo y plancho ajeno.

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